Manuel Recio Abad. Suite Información.– Nunca he sido socialista. Desde mis convicciones liberales siempre he considerado el socialismo una doctrina equivocada, una especie de comunismo templado que atribuye al Estado un protagonismo excesivo frente a la libertad y la iniciativa individual. Sin embargo, reconozco que durante la Transición el PSOE abandonó su definición marxista y se consolidó como una fuerza socialdemócrata dentro de la democracia parlamentaria, cumpliendo un papel fundamental en los inicios del nuevo régimen político.
Pedro Sánchez ha transformado profundamente aquella identidad. Como se suele decir coloquialmente, se la ha cargado. Sus alianzas con fuerzas situadas a la izquierda del PSOE, entre ellas organizaciones de tradición comunista, han reabierto una vieja contradicción histórica: socialistas y comunistas compartieron raíces ideológicas, pero también protagonizaron enfrentamientos fundamentales sobre la democracia, la revolución y el ejercicio del poder.
A ello se añade su dependencia parlamentaria de los partidos independentistas. La amnistía, los acuerdos sobre financiación autonómica y las negociaciones para obtener apoyos parlamentarios han suscitado profundas controversias. A mi juicio, Sánchez ha permitido que fuerzas cuyo objetivo declarado es la separación territorial aumenten su capacidad de influencia sobre decisiones que afectan al conjunto de España, con consecuencias preocupantes para la igualdad y la solidaridad entre españoles.
Y después está la corrupción. Las graves condenas impuestas por el Tribunal Supremo a José Luis Ábalos y Koldo García, junto con otras investigaciones que han afectado a antiguos responsables socialistas, plantean preguntas sobre los controles internos del partido y las responsabilidades políticas de sus dirigentes. La responsabilidad penal es individual, pero la obligación de dar explicaciones políticas alcanza también a quienes dirigían la organización.
Todo ello conduce a una cuestión especialmente significativa: ¿cómo contempla esta transformación el ciudadano que votó al PSOE de Felipe González? ¿Reconoce en el partido actual los principios que entonces respaldaba? ¿Acude a las urnas con orgullo, por fidelidad a unas siglas o con la sensación de tener que taparse la nariz?
La psicología social ha estudiado la fuerza de la identificación partidista y la dificultad de cuestionar las decisiones del grupo al que pertenecemos. Pero ninguna lealtad debería impedir el pensamiento crítico. La abstención y el voto en blanco son también formas legítimas de expresar el desencanto político, aunque cada elector debe decidir libremente cómo ejercer sus derechos.
No compartí el socialismo de ayer ni comparto el de hoy. Mi crítica no nace de la nostalgia, sino de la preocupación por la convivencia democrática, la integridad territorial, la limpieza de las instituciones y la coherencia política.
En mi interpretación, el socialismo español atraviesa una ruptura tan profunda con su tradición democrática que cabe hablar de su muerte política. Pedro Sánchez es el dirigente bajo cuyo mandato se ha producido esa transformación, y la historia tendrá que examinar su responsabilidad.
La gran paradoja es que esta crisis no ha sido provocada por los adversarios históricos del socialismo, sino que se ha desarrollado desde la propia dirección del Partido Socialista.
Si el último coletazo del socialismo es recurrir a la guerrilla urbana como método de acción política, estaríamos ante la confirmación de su fracaso y de una preocupante deriva hacia los métodos del comunismo más revolucionario, tan alejado de las tesis eurocomunistas de Enrico Berlinguer.


