Manuel Recio Abad. Suite Información.– Europa vuelve a arder. París, Bruselas, Berlín, Tirana, Pamplona, Madrid y otras ciudades europeas viven un clima de protestas, enfrentamientos y creciente crispación política. ¿Qué está ocurriendo en una Europa que, después de dos guerras mundiales y tantos sufrimientos, consiguió construir uno de los periodos más prolongados de paz, libertad y prosperidad de su historia?
Nuestros padres y abuelos levantaron una Europa sobre las ruinas de la guerra, fundamentada en el Estado de derecho, la democracia liberal, la economía de mercado, la propiedad privada y una cultura basada en el humanismo cristiano de profundas raíces éticas y morales. No fue un camino fácil, pero permitió alcanzar niveles de bienestar y libertad desconocidos para generaciones anteriores.
Hoy, sin embargo, contemplamos con preocupación cómo se deteriora la convivencia y cómo determinados movimientos políticos pretenden convertir el descontento social en una confrontación permanente contra las instituciones. Conviene preguntarse qué persiguen, qué alternativas ofrecen y hasta dónde están dispuestos a llegar.
Sería injusto negar los problemas que alimentan ese malestar. Millones de europeos encuentran dificultades para acceder a una vivienda, mantener su poder adquisitivo o garantizar un futuro a sus hijos. La visión del futuro es desconcertante. Los jóvenes ven retrasada su emancipación y muchos trabajadores sienten que su esfuerzo no recibe una recompensa suficiente. Se llega con dificultad a final de mes y el ahorrar es tarea imposible. Los gobiernos tienen una responsabilidad evidente en esta situación, porque la libertad económica necesita oportunidades reales y una administración capaz de responder a las necesidades sociales.
Pero una cosa es reclamar soluciones y otra muy distinta utilizar esas reivindicaciones para justificar la violencia, intimidar al adversario o cuestionar las reglas democráticas. Manifestarse pacíficamente es un derecho; incendiar las calles, destruir establecimientos o agredir a quienes piensan de manera diferente no lo es. Ninguna ideología puede atribuirse una superioridad moral que la sitúe por encima de la ley.
La democracia exige aceptar los resultados electorales, incluso cuando no nos gustan. La misma actitud hay que tener frente a las sentencias y otras decisiones judiciales. En España, si mañana se produce una alternancia política y gobiernan el Partido Popular y Vox, sus adversarios tendrán todo el derecho a oponerse, manifestarse y defender sus ideas, pero ninguno a impedir mediante la coacción el ejercicio legítimo del poder. Exactamente el mismo principio debe aplicarse a cualquier otra mayoría parlamentaria.
También debemos preguntarnos qué está sucediendo con nuestra cultura. Europa parece haber olvidado parte de su historia y el inmenso esfuerzo que costó conquistar sus libertades. El humanismo cristiano, la Ilustración, el pensamiento liberal y la reconciliación entre antiguos enemigos contribuyeron a construir una civilización donde la dignidad humana y el respeto al individuo debían prevalecer sobre cualquier imposición ideológica.
No podemos permitir que la polarización política, la división artificiosa y el consecuente enfrentamiento venga de donde venga, destruya ese legado. Tampoco podemos defenderlo únicamente con discursos mientras ignoramos las dificultades de las familias. La economía de mercado necesita seguridad jurídica, iniciativa empresarial y competencia, pero también una sociedad capaz de ofrecer vivienda, empleo y oportunidades a quienes desean prosperar con su trabajo.
Europa no necesita nuevas trincheras, necesita dirigentes responsables, líderes capaces, instituciones respetadas, ciudadanos libres y una recuperación de los valores que hicieron posible su reconstrucción. La verdadera fortaleza democrática consiste en corregir los errores sin destruir los fundamentos de la convivencia.
¿Por qué arde Europa? Porque se acumulan problemas sin resolver, porque demasiados políticos han convertido el enfrentamiento en una profesión, más preocupados por conservar el sillón, el cargo y el salario mensual abundante y porque algunos confunden la protesta legítima con el derecho a imponer sus ideas por la fuerza.
Nuestros mayores conocieron las consecuencias de una Europa dividida por el odio. Nosotros hemos disfrutado de la Europa que ellos reconstruyeron. Sería una irresponsabilidad histórica permitir que las generaciones venideras tengan que aprender nuevamente, mediante el sufrimiento, cuánto cuesta conquistar la libertad y qué poco puede tardarse en perderla


