Manuel Recio Abad. Suite Información.– La juventud española vive una de las mayores contradicciones de nuestra historia. Nunca una generación había disfrutado de tantos avances científicos, sanitarios, tecnológicos y materiales, ni había tenido a su disposición tantos medios para formarse, comunicarse y desarrollar sus capacidades. Sin embargo, una parte importante de nuestros jóvenes contempla el futuro con incertidumbre, desánimo y dificultades para construir un proyecto de vida independiente.
Quienes hemos vivido más de siete décadas sabemos perfectamente de qué estamos hablando. Los avances de la medicina, la prevención de enfermedades, la calidad de la alimentación, la higiene, la esperanza de vida y el cuidado del ser humano han alcanzado niveles que nuestra generación ni siquiera podía imaginar durante su juventud. Añadamos internet, las comunicaciones, los medios de transporte y el acceso prácticamente ilimitado al conocimiento. La juventud actual es, en muchísimos aspectos, una generación privilegiada, aunque tengo la impresión de que no siempre es consciente de ello ni valora suficientemente cuanto ha recibido.
Pero tampoco podemos hablar de la juventud como si todos sus integrantes partieran de las mismas condiciones. No es igual nacer en una familia acomodada, con posibilidades de proporcionar una formación excelente, idiomas y respaldo económico, que hacerlo en un hogar donde llegar a final de mes constituye una preocupación permanente. Tampoco es igual disponer de estudios superiores que abandonar prematuramente la enseñanza. Las desigualdades existen y condicionan las oportunidades, aunque no deberían determinar irremediablemente el futuro de nadie.
Me preocupa especialmente nuestro sistema educativo. Tengo la impresión de que, durante demasiados años, hemos confundido la igualdad de oportunidades con la reducción de las exigencias. Hemos suavizado programas, relativizado el valor del esfuerzo y convertido demasiadas veces el aprobado en un objetivo más importante que el conocimiento. No sería justo afirmar que estamos ante la generación peor preparada de nuestra historia, porque contamos con jóvenes extraordinariamente cualificados, pero sí debemos preguntarnos si estamos proporcionando a todos una formación suficientemente rigurosa.
Y junto a la formación aparece otra cuestión fundamental: la cultura del trabajo. Resulta llamativo el atractivo que ejerce el funcionariado entre numerosos jóvenes, frente a las incertidumbres de la empresa privada y del emprendimiento. Nada tengo contra los funcionarios, cuya labor es imprescindible, pero una sociedad necesita también empresarios, comerciantes, agricultores, industriales, profesionales independientes y personas dispuestas a asumir riesgos. Sin iniciativa privada, inversión y actividad productiva resulta imposible sostener el bienestar colectivo.
Después de cincuenta años de actividad empresarial, puedo asegurar que pocas satisfacciones son comparables a levantar un proyecto propio, superar dificultades, crear empleo y comprobar que el esfuerzo ha dado sus frutos. También conozco los fracasos, las noches sin dormir, las preocupaciones económicas y la necesidad de comenzar nuevamente cuando las cosas salen mal. Esa es también la vida, y aprender a enfrentarse a ella constituye una parte esencial de nuestra formación como personas.
A nuestros jóvenes hay que decirles algunas verdades que quizá no siempre resulten agradables. En la vida hay que tener paciencia, luchar, trabajar y sacrificarse. No podemos esperar que papá Estado nos resuelva todos los problemas. El Estado debe garantizar servicios públicos, oportunidades y condiciones razonables para progresar, pero no puede sustituir la voluntad, la iniciativa y el esfuerzo personal. Hay que prepararse, trabajar, emprender, equivocarse y volver a empezar.
Y habrá ocasiones en las que sea necesario quitarle horas al sueño, a las barras de los bares, al cubata, al gintonic y al porro. Divertirse es legítimo y necesario, pero convertir la diversión en el centro de la existencia difícilmente permitirá construir un proyecto sólido. La independencia personal no llega solamente reclamando derechos, sino también asumiendo responsabilidades.
Naturalmente, sería profundamente injusto ignorar a los miles de jóvenes que estudian y trabajan simultáneamente, que emigran buscando oportunidades, que encadenan empleos precarios o que, pese a sus esfuerzos, no consiguen independizarse. A ellos no podemos pedirles únicamente paciencia. También debemos ofrecerles oportunidades reales.
Y aquí aparece uno de los grandes problemas de España: la vivienda. Nuestros jóvenes necesitan comprender que construir las viviendas que demandan exige suelo disponible, financiación, inversión, empresas, trabajadores cualificados, seguridad jurídica y administraciones capaces de colaborar. Sin estabilidad económica, entendimiento y paz social, esa tarea resulta mucho más difícil.
La protesta pacífica es un derecho legítimo, pero el enfrentamiento permanente, la violencia y la crispación no construyen viviendas ni generan puestos de trabajo. Los problemas se resuelven mediante acuerdos, decisiones, inversiones y trabajo. Y quienes más necesitan que esas soluciones lleguen cuanto antes son precisamente los jóvenes, porque nosotros, los mayores, hemos recorrido ya buena parte de nuestra existencia, mientras que ellos tienen todavía toda una vida por delante.
Otra cuestión que debería preocuparnos profundamente es la natalidad. Resulta paradójico que, disfrutando de tantos avances médicos y materiales, España tenga tantas dificultades para asegurar su relevo generacional. Muchas parejas retrasan la maternidad y la paternidad por problemas económicos, mientras otras sencillamente prefieren desarrollar proyectos personales diferentes. Hemos llegado a una sociedad en la que resulta habitual formar un hogar, compartirlo con un perro o un gato y no contemplar la posibilidad de tener hijos.
Naturalmente, cada persona es libre de decidir cómo quiere vivir, pero una sociedad que envejece y en la que nacen tan pocos niños debe preguntarse qué está ocurriendo. Formar una familia exige compromiso, responsabilidad, generosidad y, muchas veces, sacrificios. También exige condiciones económicas que permitan hacerlo sin convertir la llegada de un hijo en una aventura imposible.
No podemos olvidar tampoco nuestra propia responsabilidad. Quienes pertenecemos a generaciones anteriores hemos contribuido a construir una sociedad considerablemente más próspera, pero quizá, en nuestro deseo de proporcionar a nuestros hijos todo aquello de lo que nosotros carecimos, hemos terminado protegiéndolos excesivamente. Hemos querido evitarles dificultades que, en ocasiones, eran precisamente las que enseñaban a madurar, perseverar y valorar las cosas.
El bienestar material no sustituye a la educación del carácter. La disciplina, la constancia, el respeto, la responsabilidad y la capacidad de superar una frustración son tan importantes como los conocimientos académicos. Y esas virtudes se aprenden fundamentalmente en la familia, en la escuela y mediante el ejemplo.
No quisiera que estas reflexiones se interpretaran como un reproche a nuestra juventud. Todo lo contrario. España cuenta con jóvenes inteligentes, generosos, preparados y capaces de alcanzar metas extraordinarias. Lo que necesitamos es estimularlos, recuperar su confianza, despertar su iniciativa y recordarles que el futuro no está escrito.
A vosotros, jóvenes españoles, quisiera deciros que tenéis en vuestras manos unas posibilidades que nosotros jamás tuvimos. Aprovechadlas. Estudiad, trabajad, aprended un oficio, cread empresas, investigad, viajad, conoced el mundo, formad una familia si ese es vuestro deseo y no tengáis miedo al fracaso. No esperéis que todas las condiciones sean perfectas para comenzar a construir vuestra vida, porque probablemente nunca lo serán.
Tened paciencia, pero no confundáis la paciencia con la resignación. Reivindicad vuestros derechos, pero asumid también vuestras obligaciones. Exigid oportunidades, pero preparaos para aprovecharlas. Y, sobre todo, no permitáis que nadie os convenza de que el esfuerzo es inútil o de que vuestro destino depende exclusivamente de las decisiones de otros.
Las generaciones anteriores construyeron buena parte del bienestar que hoy disfrutáis, atravesando dificultades que muchas veces resultan difíciles de imaginar. Ahora os corresponde conservarlo, mejorarlo y transmitirlo a quienes vengan después.
Porque el futuro de España no pertenece a quienes ya hemos vivido la mayor parte de nuestra vida. Os pertenece a vosotros.
Y merece la pena luchar por él.


