Manuel Recio Abad. Suite Información.- Hay una izquierda española que no grita, que no amenaza, que no incendia las calles ni pretende imponer sus ideas a los demás. Una izquierda moderada, honesta, trabajadora, que cree en la justicia social, en la igualdad de oportunidades, en la libertad y en la democracia. Una izquierda que ha votado al Partido Socialista durante décadas, no por obediencia a unas siglas, sino por convicción. Y es precisamente de esa izquierda de la que Pedro Sánchez corre el riesgo de despedirse.
Porque una cosa es ser socialista y otra muy distinta aceptar cualquier cosa que haga quien ocupa la Secretaría General del PSOE. Las convicciones políticas no obligan a renunciar a la decencia, ni la fidelidad a un partido puede convertirse en una patente de corso para justificar lo injustificable.
La política española está alcanzando unos niveles de enfrentamiento, sectarismo y degradación verbal que deberían preocuparnos a todos, con independencia de nuestras preferencias electorales. Y lo verdaderamente inquietante es que algunos dirigentes parecen haber llegado a la conclusión de que cuanto mayor sea la crispación, mayores serán sus posibilidades de supervivencia política.
Lo sucedido el jueves en la Asamblea de Madrid merece una reflexión particular. Que desde una tribuna parlamentaria se advierta de que no habrá paz en las calles constituye, como mínimo, una expresión de una irresponsabilidad extraordinaria. Quien pronuncia semejantes palabras tiene la obligación de explicar su significado, porque la paz social no es una concesión graciosa de ningún partido político, es uno de los bienes más valiosos de una sociedad democrática.
A mí esas expresiones me recuerdan inevitablemente la retórica incendiaria de otros tiempos, aquella España de los enfrentamientos irreconciliables, de las arengas que convertían al adversario político en enemigo y de la lamentable creencia de que las calles pertenecían a quienes más gritaban. Una retórica a lo Pasionaria que, por mucho que algunos pretendan revestir de épica revolucionaria, debería estar definitivamente superada.
Manifestarse es un derecho. Protestar, también. Incluso hacerlo con dureza y contundencia. Pero amenazar con alterar la convivencia, o emplear expresiones que razonablemente puedan interpretarse de esa manera, exige una responsabilidad que no desaparece por el hecho de pronunciarse desde un escaño parlamentario.
Y aquí aparece Pedro Sánchez.
¿A quién pretende representar el presidente del Gobierno? ¿Al socialista moderado que desea estabilidad, empleo, vivienda, servicios públicos y unas instituciones respetables, o a quienes entienden la política como una confrontación permanente en la que todo vale con tal de conservar el poder?
No todos los partidos situados a la izquierda del PSOE defienden la violencia, ni todos sus votantes comparten los excesos verbales de algunos representantes. Sería injusto afirmarlo. Pero precisamente por eso resulta imprescindible distinguir entre una izquierda democrática, legítima y respetable, y quienes utilizan la amenaza o la intimidación como instrumento político.
El problema de Sánchez no consiste en que sus adversarios le critiquen. Eso forma parte de la democracia. Su problema puede llegar a ser mucho más profundo: que quienes tradicionalmente han confiado en el PSOE comiencen a preguntarse si el partido al que han votado sigue representando sus principios.
Porque hay socialistas que no necesitan que nadie les explique qué significa ser de izquierdas. Lo han sido toda su vida, han trabajado, han levantado empresas, han pagado impuestos, han defendido derechos sociales y han contribuido al progreso de España. No necesitan recibir lecciones de democracia de quienes confunden la discrepancia con la enemistad.
Tampoco están obligados a aceptar que cualquier crítica al Gobierno sea presentada como un ataque a la democracia, ni que cualquier concesión política quede automáticamente justificada por la necesidad de mantener una mayoría parlamentaria.
A este paso, habrá quien considere que el voto de izquierdas, más que secreto, se está convirtiendo en inconfesable. Y no por vergüenza de sus convicciones, que son tan legítimas y respetables como cualesquiera otras, sino por la dificultad de reconocerse en determinadas actuaciones de esa amalgama de partidos que, entre alianzas contradictorias, enfrentamientos y declaraciones irresponsables, parecen haber olvidado que la política exige algo más que conseguir y conservar el poder. Porque una cosa es sentirse de izquierdas y otra muy distinta tener que justificar permanentemente lo que hacen quienes dicen representar esas ideas.
La democracia no pertenece a Pedro Sánchez, ni al PSOE, ni al Partido Popular, ni a ninguna otra formación. Pertenece a los ciudadanos, incluidos aquellos que cambian de opinión, que dejan de votar a quienes antes votaban o que sencillamente se niegan a seguir participando en una política convertida en espectáculo permanente.
Y ese es el verdadero peligro para cualquier partido que confunda la lealtad de sus votantes con un cheque en blanco.
El voto moderado no es propiedad de nadie. El voto honesto tampoco. Se gana con hechos, con coherencia, con respeto a las instituciones y con una conducta pública que no obligue al ciudadano a justificar cada mañana lo que le avergonzó la noche anterior.
Pedro Sánchez debería comprender que no todos los españoles de izquierdas están dispuestos a acompañarlo por cualquier camino. Que existe una diferencia enorme entre defender unas ideas y someterse a un dirigente, entre sostener un proyecto político y aceptar cualquier alianza, cualquier discurso o cualquier exceso.
Y que cuando un ciudadano deja de confiar en un político no necesariamente está traicionando sus principios. A veces, precisamente porque sigue siendo fiel a ellos, decide retirarle su confianza.
Quizá Sánchez crea que la polarización le permite conservar a sus partidarios más incondicionales. Quizá considere que dividir permanentemente a los españoles resulta electoralmente rentable. Pero una estrategia basada en esa hipótesis encierra un riesgo evidente: terminar hablando solamente para quienes ya están convencidos, mientras se alejan silenciosamente aquellos que todavía conservan la capacidad de discrepar.
Los votos no se heredan, no se poseen y no se pueden exigir por razones sentimentales o históricas.
Y cuando se pierde el respeto de un elector, recuperarlo resulta bastante más difícil que conseguirlo por primera vez.
Pedro Sánchez puede seguir mirando hacia los extremos, buscando apoyos parlamentarios y alimentando la confrontación política. Está en su derecho. Pero también debería mirar hacia ese ciudadano socialista, moderado y honesto que empieza a preguntarse qué queda del partido en el que creyó.
Porque tal vez un día descubra que no ha sido ese ciudadano quien ha abandonado al socialismo, sino que ha sido su dirigente quien lo ha dejado sin razones para seguir votándolo.
Y entonces, por mucho que griten los incondicionales, solamente quedará una despedida.
Adiós voto, adiós.


