Miguel A Jiménez. Suite Información.- Desde hace un tiempo vemos adultos con caretas de perro, lobo o zorro, desplazándose a cuatro patas, evitando hablar para no “traicionar” su supuesta naturaleza animal. No es carnaval. No es teatro. No es humor. Es identidad. O eso dicen.
El fenómeno therian se presenta como una vivencia profunda: personas que aseguran no sentirse humanas, sino animales en esencia. Y no solo lo viven en privado; lo exhiben, lo reivindican y, en algunos casos, exigen reconocimiento social.
La pregunta es inevitable: ¿en qué momento decidimos que toda percepción subjetiva debe convertirse en verdad pública?
Nos explican que es búsqueda de pertenencia, construcción identitaria en tiempos líquidos, necesidad de diferenciarse en una sociedad saturada. Puede ser. Pero comprender no es aplaudir. Y analizar no es legitimar.
Porque la biología no funciona por sentimientos. Somos Homo sapiens. La teoría evolutiva desarrollada por Charles Darwin describe la continuidad entre especies, pero no convierte una autodeclaración en transformación real. No hay mutación genética por voluntad.
Desde la tradición bíblica, el Génesis afirma que el ser humano fue creado “a imagen y semejanza de Dios”. Durante siglos esa idea sostuvo la noción de dignidad diferenciada. Ciencia y religión, desde marcos distintos, coinciden en algo básico: el ser humano tiene una condición propia.
Entonces, ¿qué estamos normalizando exactamente?
¿Que la identidad biológica es opcional?
¿Cualquier performance merece el mismo estatus que un hecho?
Si se sienten animales, ¿por qué aceptan los derechos de los seres humanos? Por ejemplo, el voto o las subvenciones, ya que nunca he visto un lobo cobrar el paro.
Y aquí entra una incoherencia política difícil de ignorar.
En pleno debate sobre el uso del burka en espacios públicos, se argumenta que el rostro visible es esencial para la seguridad y la identificación. Que la convivencia exige reconocimiento facial. Que no se puede interactuar en el espacio común con la cara permanentemente cubierta.
Si eso es cierto —y muchos lo defienden con contundencia—, ¿por qué habría de ser diferente cuando la cobertura no es religiosa sino identitaria?
¿Importa el rostro solo según la motivación?
¿La seguridad depende del simbolismo del disfraz?
Si el Estado sostiene que la cara descubierta es necesaria para garantizar identificación y responsabilidad, esa lógica debe aplicarse sin excepciones sentimentales. Porque la ley no puede legislar simpatías culturales.
O el rostro es esencial para la convivencia pública, o no lo es.
O la identificación importa, o es negociable.
¿En qué quedamos?
Nadie propone perseguir extravagancias privadas. Pero otra cosa muy distinta es convertir la excepción en normalidad y exigir que el marco jurídico y educativo se pliegue a cada redefinición subjetiva de la realidad.
Una democracia no se sostiene solo en derechos; se sostiene en certezas compartidas. Si la condición humana deja de ser un punto de partida incuestionable, ¿sobre qué base construimos lo demás?
¿También será opcional la responsabilidad?
¿También será simbólica la ciudadanía?
En un país con crisis institucionales, desconfianza política y fractura social creciente, resulta inquietante que parte del debate público se deslice hacia zoologías identitarias mientras problemas estructurales siguen sin resolverse.
La libertad individual es incuestionable. Pero la libertad no obliga a la sociedad a redefinir la realidad cada vez que alguien decide reinterpretarse. Respetar a las personas no implica abdicar del sentido común.
Porque una cosa es tolerar.
Y otra muy distinta es renunciar a afirmar lo evidente.
Somos humanos.
Y si eso empieza a discutirse en serio, el problema no es la careta. El problema es el vacío detrás.


