José Manuel Otero Lastres. Suite Información.– “A finales del mes de abril leí en un medio de comunicación un artículo que decía lo siguiente:
“A lo largo de su vida política, Pedro Sánchez, ya fuera desde la tribuna del Congreso de los Diputados, ya en entrevistas o coloquios en las televisiones, ya en actos públicos de partido o campaña electoral, ha aludido repetidamente a que se considera un hombre de principios que rigen su vida pública, que para él existen líneas rojas intraspasables (mensaje que repiten sus más directos colaboradores, como bases morales de su actuación) y sobre todo que siempre cumple su palabra”.
En citado medio se decía también que “es ocioso comprobar ahora que la realidad cotidiana no confirma que tales ideas hayan alimentado su etapa de Gobierno, en cuestiones fundamentales del Estado, dada la abismal distancia entre lo dicho y lo hecho. Es más -se añadía-, “este hecho ha llevado a concluir como halago a su pragmatismo por parte de algunos de sus más directos partidarios que su mérito reside en que «no se siente concernido por sus palabras, sino por sus objetivos». De tal modo que “si hay que darle a Bildu lo que pide, a cambio de su apoyo, pues se le da”.
En las líneas que anteceden se dicen varias cosas que, combinándolas entre sí, hablan de “los principios de un sujeto”, el “mantenimiento de dichos principios”, “el cambio de principios por objetivos” y todo ello para decir que lo importantes son los objetivos y no los principios.
¿El múltiple cambio en la forma de ser de nuestro presidente se debe a que lo importante no son los principios y los valores, sino los “objetivos”? ¿Lo que importan son los objetivos y no la escala de valores?
Creo que una cosa son la baremo de los principios y valores personales y otra los objetivos, entre otras razones porque hay objetivos personales que nada tienen que ver con los deseos de la generalidad de los ciudadanos.
Los “ principios” son la base, el origen, la razón fundamental sobre la cual se discurre en cualquier materia”. Son la causa, la razón, o el motivo en torno al cual elaboramos nuestra conducta. Para pensar hay que tener previamente unos principios generalmente aceptados por el común de los ciudadanos, que se hacen propios, y conforme a los cuales el ánimo se mueve a hacer o no hacer determinadas actuaciones.
El objetivo, por el contrario, significa que se pretende alcanzar u ocupar como resultado de una acción algo que puede consistir en ser general o particular.
Es decir, que mientras los “valores” se asientan en la generalidad de los principios considerados como “tales” por la generalidad de los ciudadanos, los objetivos pueden ser “generales” o particulares”. Cuando el objetivo no es general, sino simplemente “particular”, hace que todo lo perseguido sea para uno y no para la generalidad. Todo lo cual nos aleja de los objetivos generales de la política que son para todos y no solo para uno.
En mi opinión, la referencia a la política impide que sean combinables los principios y los valores. No hay principios que persiguiendo un interés particular puedan servir de objetivos del interés general propio de la política. Dicho de otra manera: quien sitúa como interés de su acción política sus propios intereses y no los de la generalidad de la ciudadanía, nunca podrá cambiar valores o principios por objetos particulares.
Puede haber casos en los que los objetivos personales de uno se asimilen a los de la ciudadanía en general. Pero que los objetivos de uno sean los valores de la generalidad hace que ese ciudadano pueda dedicarse a la política por tener valores de la generalidad. Coinciden en un determinado sujeto valores y objetivos que por coincidir éstos con los de la generalidad son combinables. Pero una cosa es la escala de valores, principios generales de todos y objetivos que pueden ser individuales y, por tanto, ajenos al común de la ciudadanía.”


