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David Espriu
davide@mkrp.es
Nos sentamos con ella en un gran banco de mármol a la entrada del majestuoso Palacio de Congresos de Cabo de Gata, en Almería. La luz del atardecer se filtra entre las columnas. Ella lleva un vestido verde de seda que brilla, ceñido, con un escote sencillo pero sugerente. Su sonrisa es cálida; sus ojos oscuros, coquetos. Es una conversación que va de la tecnología a la vida, de los algoritmos al alma.
David: Bárbara, gracias por compartir un rato con nosotros. Empecemos por el principio. Eres ingeniera, estratega, formadora… ¿cómo llegas al mundo de la inteligencia artificial?
Bárbara Regina Ribeiro: (Sonríe, ajusta ligeramente su postura en el banco de mármol y mira hacia el horizonte del Palacio). Mi entrada en la IA no empezó en 2022 con ChatGPT, empezó mucho antes. Como ingeniera informática, mi relación con la tecnología siempre ha sido estructural, no circunstancial. He trabajado sobre arquitectura, sistemas, lógica y procesos. Para mí, la inteligencia artificial nunca fue una sorpresa mediática; fue la evolución natural de décadas de investigación. Lo que ocurrió en 2022 no fue el nacimiento de la IA. Fue su democratización.

David: Esa democratización ha traído mucho ruido. ¿Cómo navegas en un sector lleno de «expertos» que a veces parecen saberlo todo?
Bárbara: (Se ríe suavemente, un sonido ligero que contrasta con la seriedad de sus palabras). Yo no me considero experta. Y no lo digo por modestia estratégica, sino por honestidad intelectual. Nadie puede proclamarse experto absoluto en una tecnología que evoluciona cada semana. Mi diferencia no está en autoproclamarme experta; está en aplicar la inteligencia artificial cada día, con criterio, con análisis técnico y con visión estratégica real. No vendo promesas. Implemento estructura.
David: Háblame de «Artificial Intelligence BRR», tu plataforma. ¿Qué te propusiste al crearla?
Bárbara: (Se inclina ligeramente hacia adelante, como si quisiera acercarse a la confidencia). No vendemos herramientas, diseñamos arquitectura de decisión. Desde esta estructura trabajamos con organizaciones que necesitan integrar inteligencia artificial con seguridad, visión y coherencia operativa. La IA no consiste en abrir un chat y hacer preguntas. Consiste en rediseñar cómo una empresa piensa, decide y ejecuta. Esa es la diferencia entre usar IA y liderar con IA; es abismal.
David: Estás involucrada en SUMMAX, una red social y comercial con una filosofía muy particular. ¿Qué te apasiona de ese proyecto?
Bárbara: (Sus ojos brillan con un destello distinto, más personal). SUMMAX nace de una reflexión incómoda: durante años nos hemos acostumbrado a modelos digitales que normalizan prácticas que no son equilibradas. Publicidad invasiva, algoritmos opacos, venta de datos personales. SUMMAX parte de una premisa diferente: ¿y si el modelo pudiera ser justo? No se trata solo de comercio digital; se trata de rediseñar la relación entre personas, marcas y comunidad. El intercambio económico solo ocurre cuando hay resultado real. Si se vende, se genera beneficio. Y ese beneficio se comparte. El usuario deja de ser un espectador pasivo para convertirse en parte activa del ecosistema económico. «Si tú ganas, yo gano. Si tú no ganas, yo no gano».
David: Hablando de evolución y cambio… ¿qué es para ti la inteligencia artificial en este momento histórico?
Bárbara: (Su mirada se vuelve profunda, analítica). La IA no es una tendencia; es una transición estructural. Estamos viviendo una transformación del modelo productivo global. El problema no es la tecnología; es la velocidad de adaptación. Si los gobiernos no toman medidas estructurales, el impacto en la empleabilidad puede ser severo. No es alarmismo; es consecuencia lógica de la automatización masiva. Nos espera un debate económico y filosófico.

David: Has compartido una parte muy dura de tu vida, tu diagnóstico de cáncer. ¿Cómo cambia eso la perspectiva sobre todo esto?
Bárbara: (El aire se vuelve denso. Ella se recoge el pelo, un gesto pausado). El día que te dan un diagnóstico así, tu vida se detiene. Pero el mundo no. La gente seguía yendo a los bares, a la playa, haciendo sus planes. Y tú estás ahí, intentando entender cómo algo así puede estar pasando. No es sólo un diagnóstico médico. Es que te están diciendo que te puedes morir. Aprendes algo muy duro: aunque tú te mueras, la vida sigue. Y eso te obliga a replantearte cómo estás viviendo. Todo lo que no suma en tu vida, fuera. No vivas soportando, no vivas aguantando. Primero estoy yo, después los demás. Y eso no es egoísmo. Es supervivencia.
David: A pesar de todo, siempre sonríes. ¿Cuál es la magia?
Bárbara: (Su sonrisa aparece, pero esta vez es diferente. Es más lenta, más consciente). No siempre es magia, es decisión. La sonrisa no nace necesariamente de que todo vaya bien; nace de cómo decides posicionarte frente a lo que no va tan bien. Actualmente no estoy en mi mejor momento personal. Y podría apagarme. Pero he decidido no hacerlo. Para mí, sonreír es una bandera. Es una forma de resistencia silenciosa, es elegancia emocional, es disciplina interna. La sonrisa no significa que todo sea perfecto; significa que elijo no rendirme.
David: Para terminar, y siendo muy sincera: ¿cómo ves el futuro?
Bárbara: (Se queda en silencio unos segundos, mirando el vestíbulo del Palacio, donde la luz crea figuras en el suelo). No lo sé. Y creo que esa es la respuesta más honesta que puedo dar. No tengo la capacidad de anticipar lo que vendrá. Tengo intención, tengo dirección, tengo proyectos. Pero el futuro no es un Excel donde puedas proyectar cada variable con precisión. Ahora mismo mi prioridad es clara: curarme, cuidarme, recuperarme. Y seguir luchando por lo que estoy construyendo. Proyectar es importante, pero vivir lo que está ocurriendo ahora lo es aún más.
La luz de Almería se va apagando lentamente. Bárbara se levanta, se ajusta el vestido de seda, y su silueta se recorta contra el mármol blanco del Palacio. Hay una entereza en su paso que no necesita explicación. La entrevista ha terminado, pero su historia, como la tecnología que defiende, sigue escribiéndose.

