
por: David Espriu
davide@mkrp.es
David: (Contemplando la bahía un momento, y girándome hacia ella) Natasha, antes de empezar, tengo que decirle que aún no salgo de mi asombro. Esta luz de San Francisco, su té… y usted. Cuando una persona combina el prestigio de ser una de las cardiólogas más importantes del mundo en terapia génica con dos libros de poesía y un Grammy… uno no sabe por dónde empezar. Por el corazón que late o por el que escribe.
(Ella sonríe. Ese rubio platino recoge la luz del atardecer de una manera casi irreal. Sus ojos azules, alargados, me miran con curiosidad. La piel blanquísima contrasta con el tono cobrizo del té que sostiene.)
Natasha: (Con ese acento ruso que envuelve cada palabra como terciopelo) David, el corazón es uno solo. No hay división. Lo que aprendes reparando un músculo cardíaco te enseña sobre la fragilidad. Y lo que aprendes escribiendo un poema te enseña sobre la resistencia. Son las dos caras de la misma moneda.
David: Hábleme de esa fragilidad. Usted trabaja en Tenaya, en terapias génicas que parecen sacadas de una novela del futuro. ¿Qué significa exactamente? Porque cuando un paciente llega a su consulta y usted le dice «vamos a editar sus genes»…
(Ella se inclina ligeramente hacia adelante, y noto cómo sus ojos se iluminan. Es el momento en que la científica toma la palabra.)
Natasha: Significa que el futuro casi ya ha llegado. Nosotros no soñamos con curar, David. Curamos. Hay enfermedades cardíacas que hace cinco años eran sentencias de muerte y hoy, con una única intervención deseamos y esperamos que los niños van a tener una vida normal, van a poder correr, jugar, vivir en definitiva. (Hace una pausa, y su voz se suaviza). Esa es mi poesía preferida: ver a una madre llorar, pero de felicidad.

David: Y de ahí nace su Liga de Cardiogenética. Hábleme de esa ONG. Por qué usted, que podría vivir en una torre de marfil, elige acercar la ciencia a los vulnerables.
Natasha: (Su mirada se pierde un instante en la Bahía). En Moscú he fundado mi ONG, hace ya diez años ya que habían muchos pacientes niños y adultos atendidos por doctores sin conocimientos suficientes en genética. Hemos empezado una praxis de educación y ayuda para abordar los pacientes más complejos… En la actualidad ya somos 3200 especilistas entorno a la fundación y hace nada hemos celebrado en Moscú un congreso internacional. La ciencia debe llegar a quien la necesita. Logramos llevar soluciones cardiológicas a pacientes que, de otra forma, no tendrían ninguna oportunidad.
David: ¿Y cómo compagina eso con su vida nómada? Porque se que está a la vez en San Francisco, España, Italia, Rusia, Irlanda… usted vive en el aire.
Natasha: (Ríe suavemente) He convertido al propio mundo en mi casa, sin límites ni bordes que me aportan un sentir de libertad muy gratificante… escribo en los aviones. (Saca un cuaderno pequeño de su bolso) Mire, ésto lo escribí ayer, entre San Francisco y Madrid. Es sobre un niño que conocí en nuestra clínica móvil en Siberia.
(Me acerca el cuaderno. La caligrafía es preciosa, firme, con esos caracteres cirílicos que parecen dibujos.)
David: (Leyendo la primera línea en voz baja) Es hermoso. Natasha, hablemos de su poesía. Sus libros están en ruso, pero han traspasado fronteras. Y luego está lo de Alsou… ¿Cómo llega una cardióloga a que una de las voces más importantes de Rusia cante sus versos?
Natasha: (Su sonrisa se ensancha). Hay orgullo, sí, pero también ternura. Alsou y yo… nos conocemos desde hace años, atiendo como médico a su familia y nuestra amistad sincera ha propiciado que brotara inspiración poderosa confluyendo en canciones . Ella entendió mis poemas como nadie. Gracias a esa compenetración hemos sido premiadas en dos canciones que han llegado y cautivado el corazón de los rusos. Ha sido y es maravilloso.
David: Hábleme de Alsou. Porque ella también tiene una historia… Quedó segunda en Eurovisión con 16 años, ¿verdad? En el 2000. Toda una niña prodigio…
Natasha: (Asiente con admiración) Ella era una niña con un talento inmenso. Recuerdo verla en Eurovisión. Yo ya estaba en la universidad, estudiando medicina, y pensaba: «Esta chica llegará lejos». Y mire, años después, ella canta mis versos. El destino es curioso, ¿no cree? Alsou tiene esa capacidad de transmitir emoción pura. Cuando canta mis poemas, los entiende mejor que yo. Les da alas.
David: ¿Cree que algún día publicará algo en español o inglés? Porque sus poemas merecen ser leídos en todo el mundo.
Natasha: (Medita la respuesta. Se nota que es una mujer que no habla por hablar) Estoy traduciendo algunos. Pero el ruso es mi lengua materna, la lengua de mi alma. Traducir poesía es como trasplantar un corazón: hay que hacerlo con tanto cuidado que el órgano siga latiendo igual en el cuerpo nuevo.
David: (Sonriendo) Vuelve a lo mismo. El corazón. Todo en usted vuelve a él.
Natasha: Porque todo empieza y termina ahí. (Se lleva una mano al pecho) Mis hijos, mi trabajo, mis versos. Mi vida es ésto: latir.
(El atardecer ha avanzado. La Bahía ahora es un espejo de púrpura y oro. Natasha se levanta con esa elegancia natural que tiene.)

Natasha: David, perdone un momento. Voy a por algo para acompañar el té. Unos canapés. Nos espera una cena, ¿no?
(Mientras se aleja hacia la cocina americana, observo la estancia: los libros de medicina apilados junto a antologías poéticas, fotografías de sus hijos en distintos países, una instantánea de ella con Alsou en lo que parece una ceremonia de premios. En otra foto, la veo con batas blancas, rodeada de niños en alguna clínica remota. La luz incide sobre el marco y, por un instante, parece que los niños sonríen más.)
(Regresa con una bandeja de canapés variados. Algunos tienen aspecto ruso, otros italiano, otros californiano. Ella es así: un resumen del mundo en una bandeja.)
David: (Tomando uno, mirándola fijamente) Natasha, he estado observando sus fotos mientras usted no estaba. Y me doy cuenta de algo. (Ella inclina la cabeza, curiosa) Usted ha estado en los lugares más increíbles, ha salvado vidas imposibles, ha escrito versos que ganan Grammys… pero en todas las fotos, siempre está igual. Esa misma mirada alargada, esa misma sonrisa blanca. Como si llevara un lugar seguro dentro de usted.
Natasha: (Deja la bandeja y se sienta, sus ojos azules brillando) Porque lo llevo. Mi lugar seguro es ésto: (señala su pecho) saber quién soy. Una mujer de Moscú que soñaba con curar corazones y escribía versos para no olvidar lo que sentía. Todo lo demás es añadidura.
David: (Hace una pausa, el Puente de la Bahía ya es una silueta oscura contra el cielo violáceo) Natasha… usted vive entre continentes. Siempre en un avión, siempre repartiendo su talento por el mundo. Pero cuando la miro ahora, aquí, con este té y estos canapés que mezclan Rusia, China, India y California… me pregunto: ¿dónde está realmente su casa?
(Ella sonríe. No responde. Pero su mirada se posa en la foto de sus hijos, luego en la del congreso de cardiología, luego en la de Alsou. Y entiendo que la respuesta es demasiado grande para las palabras.)
David: (Para mis adentros, mientras el silencio se llena de todo) Es una auténtica crack. Y además de serlo, con ese rubio platino y esa piel de nieve, es bellísima. Pero lo mejor es que ella no lo sabe. O si lo sabe, no le importa.
David: (En voz alta) Natasha, gracias. Por compartir su tiempo, su té, sus historias. Y sobre todo, por recordarme que los corazones se curan de muchas maneras.
(Ella asiente, y en su silencio hay más poesía que en muchos libros.)


