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Vidas Privadas
David: (El Mirador de San Nicolás es una mentira hermosa, parece un balcón colgado del cielo. La Alhambra al otro lado del Darro, los picos de Sierra Nevada detrás, como dientes de un diós dormido. El sol se va, pero la luz se resiste. Y allí, apoyado en el muro de piedra, está Ricardo Franco Greño.)
No sé si llegó antes o si siempre ha estado ahí, fundido con los graffitis, los geranios, las guitarras de los turistas. Tiene el aspecto de un “cantaor” que ha renunciado a los escenarios pero no a los duendes. Las patillas, cuidadas con esmero, le bajan por las mejillas y van a morir al mentón, como dos signos de puntuación que cierran una frase. La mirada, esa mirada… no mira la Alhambra, la evoca, como si hubiera visto ya tantas puestas de sol que la de ahora es sólo un recuerdo más. En sus ojos hay bailes y juergas, noches enteras de taconeo y jaleo, versos que no se escriben porque se cantan.
Se vuelve hacia mí. No sonríe todavía. Me mide. Pero no con desconfianza, con la lentitud de quien sabe que todo encuentro verdadero requiere un preámbulo de silencio.
David: Ricardo, he tenido que subir andando hasta aquí porque el coche no pasa. Y ahora entiendo por qué. Un lugar así no merece el ruido de un motor. Usted dirá que ya conoce estas piedras, estos geranios, esta luz. ¿Desde cuándo la mira?
Ricardo: (Aún no sonríe, pero sus ojos se entrecierran, como si la luz le hablara en un idioma que sólo él entiende.)
Desde el invierno de 2018, David. Pero llevo mirándola toda la vida sin saberlo. Granada es así, te convence de que llegaste tarde, pero luego te susurra que llevabas siglos aquí, esperando a que tu cuerpo te alcanzara. (Pausa. Señala la Alhambra con un gesto mínimo de la barbilla.)
Eso de ahí no es un monumento. Es una herida bien curada. Y a mí las heridas bien curadas me interesan más que las intactas.
David: (Me fijo en su atuendo. Chaqueta de paño oscuro, camisa blanca sin corbata, el primer botón desabrochado. En la muñeca izquierda, una pulsera de cuero trenzado que no se si es recuerdo de algo o simple adorno. Y esas patillas, sí, que le dibujan la mandíbula como un marco para la voz.)
Usted viste con una elegancia que no grita, pero se oye. Y tiene la melena de quien desafió a su madre. ¿De dónde saca ese estilo, Ricardo?
Ricardo: (Ahora sí, sonríe. Pero no una sonrisa ancha, una que empieza en una comisura y tarda en llegar a la otra, como un verso que se toma su tiempo.)
Mi madre, sí. Una mujer que creía que el respeto empieza por la tela que toca tu piel. Me enseñó que vestir bien no es para los demás, es para uno mismo, un acto de dignidad contra el desorden del mundo. (Se ajusta la manga, sin necesidad.)
Ahora la cuido a ella, y ella me desobedece en todo, como yo la desobedecía a ella. Pero añado lo mío, el desaliño calculado, el botón que falta en el chaleco, la provocación pequeña que le dice al que mira, “No me tomes demasiado en serio, que la vida ya es bastante seria”.
David: (El viento sube desde el Darro. Trae olor a romero y a leña. Alguien toca una guitarra, mal, en algún rincón del mirador. Ricardo ni se inmuta. Como si el ruido fuera también parte del silencio.)
Hábleme de su oficio. Dice que no se dedicó a nada que buscara, sino que todo le llegó porque otros se fijaron en usted. Escribir en prensa, dirigir editoriales, vender libros, acompañar a la guitarra… ¿cómo se vive sin un currículum?
Ricardo: (Se aparta del muro. Da dos pasos. Ahora está de pie, con las manos en los bolsillos del pantalón. Parece un verso suelto esperando su estrofa.)
Se vive escuchando, David. Yo he sido un oído con pies. La gente me ha contado sus miedos, sus proyectos, sus fracasos. Y sin querer, sin plan, yo aparecía con la herramienta que necesitaban, una palabra, un acorde, una edición. Nunca fui el más listo de la sala, pero fui el que se quedaba cuando los listos se iban. (Mira al suelo. Hay una losa rota. La pisa con cuidado.)
Lo que llaman “profesión” es a menudo un disfraz. Yo he preferido estar desnudo y que los otros me vistan según lo que veían en mí. Y si ellos creían que sabía hacer algo, pues aprendía a hacerlo. La necesidad es la madre de la vocación, no al revés.

David: (La Alhambra empieza a iluminarse. Esas luces pequeñas que suben por sus murallas como hormigas de oro. Ricardo las mira, y por un instante creo que va a cantar. Pero no. Sólo respira hondo.)
Usted sonríe siempre. Cuando habla, cuando calla, incluso cuando recuerda cosas que, intuyo, duelen. ¿Cuál es la magia?
Ricardo: (Se toca una patilla. La acaricia. Como si necesitara asegurarse de que sigue ahí.)
La magia es la gente, David. La gente me hace bien. Me hacen bien las conversaciones sin prisa, los desconocidos que se vuelven cómplices, los amigos de todas las ideologías con los que nunca hablo de política pero siempre de la vida. He descubierto que el pesimismo amargo se cura con el otro, con su pregunta sincera, con su silencio atento. (Una pareja de turistas pasa a nuestro lado, hace una foto, se va. Ricardo ni los mira. O sí. Los mira como si fueran parte del paisaje.)
Por eso sonrío, porque necesito la compañía como el agua. Y cuando alguien se acerca y me dice “¿cómo estás?”, yo no se fingir. Estoy bien si él está ahí. Y se lo devuelvo con una sonrisa que no es máscara, sino espejo.
David: (La noche ha caído del todo. Granada abajo es un mapa de luces temblorosas. Ricardo permanece inmóvil, como si él también fuera una de esas luces, pero más antigua.)
Hablemos del futuro, porque me ha contado sus planes; una asociación cultural para niños que no saben qué hacer consigo mismos, tres libros en el cajón, un proyecto flamenco, las fiestas bandoleras. ¿No teme que sea tarde? Perdone la crudeza, pero la rodilla, la espalda…
Ricardo: (Ríe. Una risa que no es ruido, es música ronca. Como un cante de levante.)
El capitán Acab del Sacromonte, dijo usted. Me gusta. (Se arrellana contra el muro, apoyando la espalda donde duele.)
El futuro, David, es una ventana empañada por la respiración de un niño que dibuja un sol con el dedo. No se ve claro, pero se siente el calor. A mí no me da miedo la vejez, me da miedo la prisa que no tuve. Y ahora la he perdido del todo, bendita sea. Ahora hago lo que brota. El primer proyecto que florezca, ese será mi próximo oficio. Y si no florece ninguno, pues me sentaré a tocar la guitarra en esta misma plaza. Ya ve, uno no puede ser esclavo ni de sus propios sueños.

David: (Las campanas de la Iglesia de San Nicolás dan la hora. Ricardo las cuenta con un gesto de la cabeza, como si las conociera de siempre.)
Una última pregunta, Ricardo. De esas que no están en el guion. (Él me mira, y en sus ojos ya no hay evocación, hay certeza.)
¿Qué le diría a un amigo que lo encuentra por primera vez, después de todo esto que me ha contado? ¿Qué anécdota, qué sueño cumplido, qué fracaso hermoso?
Ricardo: (Permanece en silencio. Un silencio largo. Luego se incorpora, se acerca a la barandilla, mira las luces de la Alhambra ya plenas.)
Le diría, “Ven, siéntate. No te preguntaré qué haces en la vida. Te preguntaré qué te duele. Y luego, si quieres, te tocaré algo a la guitarra. Y si no quieres, nos quedaremos callados. Porque el mayor lujo que he conocido es el de compartir el silencio sin que nadie intente llenarlo”. (Se vuelve hacia mí. Su mirada ya no es la del principio. Ahora es más honda, como un pozo donde han caído todas sus respuestas.)
Eso, David. Eso y una cosa más, no tengas miedo de no saber quién eres. Yo lo he ignorado toda mi vida. Y mira, aquí estoy. Entero. Libre. Incluso de mis prejuicios.
David: (Anoto la última frase. El viento arrastra una ráfaga de incienso de alguna iglesia cercana. Ricardo sonríe otra vez. Esa sonrisa que parece decir “ya está, no hay más”. Y luego, con la misma lentitud con que llegó, se pierde calle abajo, entre las cuestas del Albaicín. Las patillas, esa noche, eran dos lunas pequeñas que se alejaban.)
Vidas Privadas. Ricardo Franco Greño. Mirador de San Nicolás, Granada.
Queda dicho.


