Manuel Recio Abad. Suite Información.– He leído unas reflexiones del maestro Luis Francisco Esplá sobre la tauromaquia que me han hecho pensar, no tanto sobre los toros como sobre nosotros mismos y sobre nuestra relación con conceptos que durante milenios formaron parte de nuestra cultura: el sacrificio, el valor, el sufrimiento, la muerte y el rito.
Dice Esplá que el ser humano mantiene desde hace más de tres mil años una relación con el toro. Incluso se queda corto. Mucho antes de que existieran España, Roma o la propia Grecia clásica, el toro ya estaba cargado de significado en las civilizaciones mediterráneas. Está en Creta, en el mundo minoico, en el Minotauro, en Cnosos y en los antiguos sacrificios.
Zeus adopta la forma de un toro para raptar a Europa. Y resulta extraordinario que nuestro continente conserve en uno de sus mitos fundacionales precisamente esa imagen.
No pretendo decir que los griegos fueran taurinos ni establecer una línea directa entre Cnosos y una plaza de toros. Sería absurdo. Pero sí existe persistencia cultural, pues durante milenios el hombre mediterráneo ha visto en el toro algo más que carne o fuerza de trabajo. Ha proyectado sobre él poder, miedo, fertilidad, sacrificio y muerte.
Y aquí aparece la afirmación más incómoda de Esplá: lo fundamental del toreo es la muerte.
Precisamente por ser incómoda merece ser pensada.
Vivimos en una sociedad que procura esconder la muerte. Morimos lejos de casa, compramos la carne perfectamente cortada y envasada procurando olvidar que perteneció a un animal y apartamos de nuestra vista la enfermedad, la vejez y la decadencia física.
Pero la muerte no ha desaparecido. Solo la hemos escondido.
Los antiguos no podían permitirse ese lujo. Miraban a la muerte de frente y a los ojos. La tragedia griega hizo de la muerte uno de sus grandes instrumentos para comprender al ser humano. Aquiles, Héctor o Sócrates no pueden entenderse sin ella. La cultura clásica nunca consideró que la grandeza consistiera en ignorar la muerte, sino en saber enfrentarse a ella.
Ahí encuentro la profundidad de las palabras de Esplá.
El toro entra en la plaza sin conocer su destino. Sin embargo, el torero entra conociendo la posibilidad del suyo. Entre ambos comienza algo difícil de explicar con los parámetros de cualquier espectáculo moderno, porque la tauromaquia quizá sea, en su esencia, un rito convertido en espectáculo.
El toro no es un actor pasivo. Observa, tiene sentido y aprende, desarrolla querencias y modifica su comportamiento. El torero debe descubrirlo. Por eso dice Esplá que ser lidiador consiste en encontrar el argumento de la lidia. Esa comparación me parece magnífica porque la lidia es como una tragicomedia.
Cada corrida es un drama con planteamiento, nudo y desenlace. Cada lance modifica el siguiente, cada reacción del toro proporciona información y cada decisión del hombre tiene consecuencias. El buen lidiador no ejecuta simplemente una sucesión de pases, interpreta al otro protagonista y construye con él una historia.
Naturalmente, nada de esto resuelve el debate moral sobre la tauromaquia. Una sociedad tiene derecho a preguntarse por el sufrimiento animal y a revisar sus costumbres. Pero una cosa es discutir una tradición y otra muy distinta dejar de comprenderla.
Pueden otros decidir algún día que la tauromaquia debe desaparecer. Ninguna tradición tiene derecho automático a la eternidad. Pero antes convendría saber exactamente qué estarían haciendo desaparecer.
Porque el toro bravo tampoco es simplemente un animal criado para producir carne. Es el resultado de generaciones de selección buscando bravura, comportamiento y determinadas condiciones físicas. Su existencia está vinculada a la cultura que lo creó y al ecosistema portentoso de la dehesa.
Y quizá por eso la tauromaquia resulta hoy tan difícil de explicar. Hemos construido una sociedad empeñada en eliminar el riesgo, esconder la muerte y convertir la existencia en algo cada vez más previsible.
El toro nos recuerda justamente lo contrario: que somos vulnerables, que existe el miedo, que la naturaleza no ha sido diseñada para nuestra comodidad y que, inevitablemente, existe la muerte y está ahí, delante de nuestras vidas.
No sé si dentro de cien años habrá corridas de toros. Pero sí creo que, si algún día dejamos de comprender lo que el toro ha significado para nuestra cultura, habremos perdido algo más que un espectáculo.
Desde Creta hasta nuestros días, el toro ha acompañado al hombre mediterráneo como fuerza, sacrificio, mito y símbolo.
Quizá por eso, cuando un toro bravo sale a una plaza, no entra solamente un animal.
Entra con él una parte muy antigua de nosotros mismos.


