Manuel Recio Abad. Suite Información.- Durante décadas, en tiempos pasados, escuchamos hablar de la Brigada Político-Social. Se nos explicó, y con razón, que una de las características más desagradables de aquellos tiempos era que el Estado se interesaba por las ideas de las personas, las observaba, las clasificaba y las metía en un fichero. Aquello pertenecía a una dictadura. Hoy vivimos en una democracia y, naturalmente, ambas situaciones no son comparables. Precisamente por eso resulta incomprensible que ocurran determinadas cosas.
Hemos sabido que desde el Ministerio del Interior se elaboró un documento sobre más de doscientos periodistas, analistas y tertulianos, incorporando valoraciones sobre sus posiciones políticas. A eso, se le llame como se le llame, es señalar. Porque cuando desde un organismo del Estado se escribe junto al nombre de un profesional que es afín al PSOE, conservador, antisanchista, crítico con la amnistía o de determinada tendencia ideológica, alguien ha tenido previamente que observar qué dice esa persona, interpretar sus opiniones, investigar sobre ella y colocarla después en una casilla. ¿A qué recuerda ese procedimiento? No hace falta responder.
Y no, naturalmente que esto no es la Brigada Político-Social, aunque desprende un cierto tufillo a ella. Pero precisamente porque no lo es, precisamente porque llevamos medio siglo viviendo en democracia, estas cosas no deberían ocurrir. Hay además algo particularmente irritante en todo este asunto, y es la facilidad con la que durante los últimos años se utiliza la expresión «extrema derecha». Resulta que un periodista critica al Gobierno y es de extrema derecha. Un empresario protesta y parece sospechoso. Un juez dicta una resolución incómoda y aparecen inmediatamente las descalificaciones. Un medio publica algo que perjudica al Ejecutivo y rápidamente se busca dónde colocarlo ideológicamente.
No, señor. Criticar al Gobierno no es ser de extrema derecha. Es democracia. Un periodista no tiene obligación alguna de ser neutral ante el Gobierno. Tiene obligación de ser honesto con los hechos. Puede criticar al presidente del Gobierno todos los días de su vida si considera que existen motivos suficientes para hacerlo, de la misma manera que puede defenderlo. Un ciudadano puede estar profundamente cabreado con el Gobierno sin haberse convertido por ello en fascista, ultraderechista ni enemigo de la democracia.
Quizá convendría invertir la pregunta. ¿Es que España se ha llenado repentinamente de extremistas? ¿Y si, por el contrario, sencillamente hay mucha gente enfadada? Periodistas, empresarios, jueces, funcionarios, agricultores, médicos, autónomos, profesores, sacerdotes, trabajadores… Personas de izquierdas, de derechas y de ninguna parte. Cuando un Gobierno provoca rechazo en una parte tan importante de la sociedad tiene dos posibilidades. Una sería preguntarse por qué ocurre. La otra, colocar una etiqueta a todo aquel que proteste. La segunda siempre resulta más cómoda.
Por eso, el verdadero problema de este fichero no consiste solamente en determinar si vulnera o no alguna norma de protección de datos. Eso tendrán que establecerlo quienes corresponda. La cuestión anterior es mucho más sencilla: ¿para qué quería el Ministerio del Interior clasificar ideológicamente a periodistas? Si únicamente necesitaba saber quién participaba en determinadas tertulias, bastaba con apuntar sus nombres. Para escribir junto a ellos «afín», «conservador», «antisanchista» o cualquier otra clasificación política hacía falta algo más. Había que observar. Había que interpretar. Había que clasificar. Y finalmente había que guardar… en un fichero.
Quizá quienes tanto nos hablaron durante décadas de las listas, los expedientes y la Brigada Político-Social deberían comprender mejor por qué determinadas noticias producen escalofríos. No porque España haya regresado al franquismo, sino precisamente porque no es de recibo regresar a ese tipo de prácticas. En una democracia, el Ministerio del Interior debe perseguir delincuentes. No clasificar periodistas.
Ese fichero debería explicarse y después… desaparecer.
¡Ah! Y a ver si de una vez os dedicáis a solucionar el grave problema que habéis provocado en Ceuta.



