foto portada: Presidente da República, Luiz Inácio Lula da Silva, durante o lançamento oficial de sua campanha no Estádio da Vila Euclides, em São Bernardo do Campo (SP). Foto: Ricardo Stuckert
Fernando Villena Madrid. Suite Información.- Brasil se prepara para unas elecciones presidenciales en las que resulta difícil encontrar un vencedor claro y en las que, probablemente, habrá que esperar hasta el 25 de octubre para conocer al próximo presidente. Luiz Inácio Lula da Silva y Flávio Bolsonaro llegan a la primera vuelta separados por apenas unos puntos en las encuestas, en una campaña en la que el cansancio de los dos grandes bloques políticos puede terminar siendo tan determinante como la fidelidad de sus votantes.
Son alrededor de 158 millones de brasileños los llamados a las urnas. Y todo indica que ninguno de los candidatos alcanzará el 50% necesario para evitar una segunda vuelta. Lula parte ligeramente por delante, pero la diferencia es tan pequeña que hablar de ventaja real puede resultar aventurado.
La última encuesta citada por RTVE concede al actual presidente un 44,1% de los votos, frente al 41,1% de Flávio Bolsonaro. Muy por detrás aparecen Augusto Cury, con el 4%, Ronaldo Caiado, con el 3%, y Renan Santos, también con el 4%. Con un margen de error de dos puntos, el escenario es prácticamente de empate técnico.
Pero la segunda vuelta es otra historia. En una hipotética confrontación directa, Lula obtendría el 48% frente al 45% de Flávio. Una diferencia demasiado pequeña como para que nadie pueda permitirse celebrar nada por adelantado.
El voto que todavía no tiene dueño
El dato que puede terminar decidiendo la elección está fuera de los dos grandes bloques: alrededor de un 5% de los brasileños continúa indeciso. A ellos habrá que sumar los votos que consigan los candidatos que queden fuera de la carrera.
Y aquí Flávio puede tener una ventaja.
La derecha brasileña llega dividida a la primera vuelta, pero buena parte de esos votos podrían terminar concentrándose en el candidato del Partido Liberal si finalmente se produce el enfrentamiento con Lula. En ese caso, la segunda vuelta podría convertirse en una operación de suma de fuerzas conservadoras.
La izquierda tampoco llega especialmente sobrada. El lulismo conserva una importante base electoral, pero después de varios años de enfrentamiento político existe también un cierto cansancio entre quienes han apoyado tradicionalmente al Partido de los Trabajadores.
En otras palabras, una parte de los brasileños podría no acudir a las urnas para elegir a su candidato preferido, sino para impedir que gane el contrario.
Y esa es probablemente la mayor incógnita de estas elecciones.
Lula ya no es el Lula de 2003
El actual presidente brasileño tiene una historia política difícil de repetir. Procedente del movimiento sindical, comenzó a trabajar siendo adolescente y terminó convirtiéndose en uno de los dirigentes más importantes de la izquierda latinoamericana.
Fundó el Partido de los Trabajadores y llegó por primera vez a la Presidencia en 2003. Durante sus dos primeros mandatos, hasta 2011, sus políticas sociales se convirtieron en una de las principales señas de identidad de Brasil. Bolsa Família contribuyó a sacar a millones de personas de la pobreza y el país alcanzó una posición económica internacional especialmente relevante.
Lula dejó entonces el poder con alrededor de un 80% de aprobación.
El problema es que ese recuerdo pesa ahora sobre el propio Lula. Su actual etapa presidencial no ha conseguido reproducir aquella imagen de prosperidad y transformación social. El presidente mantiene un importante respaldo, pero su rechazo alcanza aproximadamente el 47%.
La economía tampoco ayuda demasiado a la sensación de bienestar de los ciudadanos. Brasil presenta una situación macroeconómica relativamente estable y niveles elevados de empleo, pero cerca de la mitad de los trabajadores lo hacen en la economía informal. A ello se suma un endeudamiento familiar que llegó al 82% en julio y que compromete cerca del 30% de los ingresos de los hogares.
Son cifras que pueden explicar por qué una parte de los brasileños no percibe en su vida cotidiana la estabilidad que reflejan algunos indicadores económicos.
El presidente busca recuperar su vieja bandera social
Lula ha intentado recuperar durante la campaña el discurso social que le llevó a la Presidencia hace más de dos décadas.
Entre sus propuestas figura reducir la semana laboral de seis a cinco días, incrementar en un 15% el programa Bolsa Família y reforzar sus mensajes dirigidos a las mujeres y contra los feminicidios.
También ha tratado de recuperar una de las medidas que mayor impacto tuvo durante sus primeros gobiernos: la lucha contra la pobreza.
Sin embargo, la situación política es ahora mucho más compleja. La sombra de los antiguos casos de corrupción continúa presente, aunque las causas que llevaron a Lula a prisión fueron anuladas posteriormente por la Justicia. Además, su hijo mayor, Fábio Luís da Silva, está siendo investigado por un supuesto caso de tráfico de influencias.
El escándalo del Banco Master, con sospechas que han alcanzado incluso a miembros del Supremo por sus relaciones con un banquero encarcelado por un fraude financiero millonario, ha añadido más munición al debate político.
Lula llega, por tanto, a estas elecciones con una contradicción evidente: sigue siendo el gran referente de la izquierda brasileña, pero ya no despierta el entusiasmo de aquellos años en los que abandonó la Presidencia convertido en uno de los políticos más populares del país.
Flávio Bolsonaro: la herencia de un apellido
En el otro lado aparece Flávio Bolsonaro, que ha asumido la candidatura de una derecha que necesita encontrar un nuevo referente después de la caída política de su padre.
Jair Bolsonaro sigue siendo, sin embargo, el verdadero protagonista de buena parte de su campaña. Flávio ha convertido la situación judicial de su padre en uno de sus principales argumentos y promete liberarlo si llega a la Presidencia.
Jair Bolsonaro cumple actualmente arresto domiciliario después de ser condenado por su participación en el intento de golpe de Estado de 2022.
Flávio no tiene el mismo perfil que su padre. Es más moderado en las formas y menos explosivo, una característica que puede ayudarle a captar a sectores conservadores que se identifican con los valores del bolsonarismo pero que no se sienten cómodos con la radicalidad del expresidente.
Su programa, bautizado como “Brasil sin miedo”, pone el acento en la seguridad y la lucha contra la delincuencia. Propone reducir hasta los 14 años la edad de responsabilidad penal, endurecer las penas, aumentar la vigilancia militar de las fronteras y aplicar un modelo penitenciario inspirado en las políticas de Nayib Bukele en El Salvador.
También plantea reducir el tamaño del Estado, eliminando al menos una decena de ministerios y privatizando empresas públicas.
Pero su principal argumento no está escrito en ningún programa electoral.
Se llama Bolsonaro.
Trump convierte las elecciones brasileñas en una cuestión internacional
Y aquí aparece un tercer protagonista que no figura en las papeletas: Donald Trump.
El presidente estadounidense ha mostrado públicamente su apoyo a Flávio y ha llegado a pronosticar su victoria. La Administración Trump mantiene además una relación complicada con el Gobierno de Lula, hasta el punto de haber impuesto aranceles del 25% a determinados productos brasileños.
La disputa electoral adquiere así una dimensión que va mucho más allá de Brasil.
Lula intenta presentarse como el garante de la soberanía del país frente a la influencia de Washington. Flávio, por el contrario, defiende estrechar los vínculos con la Administración Trump.
La situación es especialmente significativa dentro del nuevo mapa político latinoamericano. En apenas unos años, varios gobiernos de la región han pasado a estar dirigidos por líderes conservadores aliados de Washington. Argentina, con Javier Milei, es uno de los ejemplos más evidentes.
Una victoria de Flávio supondría incorporar a Brasil, la mayor economía de América Latina, a ese nuevo bloque político.
Pero la intervención de Trump también puede convertirse en un problema para el candidato conservador. Existe en Brasil un sector de la sociedad que no quiere que el país quede excesivamente condicionado por Estados Unidos, aunque también existe una importante élite empresarial partidaria de fortalecer esa relación.
El verdadero pulso puede comenzar después de las urnas
Si se cumplen las previsiones, la noche electoral del domingo no resolverá el futuro político de Brasil. Lo que hará será dibujar el mapa sobre el que se disputará la verdadera batalla.
La primera clave serán los votos de los candidatos que queden eliminados. La segunda, la capacidad de Lula y Flávio para movilizar a los ciudadanos que no se sienten plenamente representados por ninguno de los dos.
Y existe una tercera cuestión que puede ser todavía más importante: el Parlamento.
Actualmente, tanto el Senado como el Congreso brasileños cuentan con una mayoría de derechas pese a que la Presidencia está en manos de la centroizquierda. Una eventual victoria de Lula no significaría, por tanto, que pudiera gobernar sin una fuerte oposición parlamentaria.
Brasil puede estar a punto de cambiar de presidente, pero también de reordenar su mapa político.
La fotografía que salga de las urnas este domingo permitirá saber quién parte con ventaja. Pero si, como parece probable, Lula y Flávio Bolsonaro vuelven a enfrentarse el 25 de octubre, será entonces cuando Brasil tenga que decidir entre mantener el último gran bastión progresista de la región o sumarse definitivamente al giro conservador que está recorriendo América Latina.


