
Fernando Villena Madrid. Suite Información.– España tiene en su Monarquía uno de los símbolos más poderosos de su continuidad histórica, una institución que nos conecta con siglos de historia, con la grandeza de nuestro pasado y con un legado universal que pocos países pueden exhibir.
Hubo un tiempo en que España fue protagonista de una de las mayores epopeyas de la humanidad. Bajo la Corona española, nuestros navegantes cruzaron océanos desconocidos, «supo seguir sobre el azul del mar, el caminar del sol» exploraron nuevos mundos y protagonizaron una de las mayores transformaciones de la historia universal: el encuentro entre Europa y América. España llevó su lengua, su cultura, sus leyes, su arquitectura y sus tradiciones al otro lado del Atlántico, dejando una huella que todavía hoy comparten cientos de millones de personas.
Aquella España imperial, en cuyos dominios se decía que nunca se ponía el sol, fue capaz de construir vínculos históricos, culturales y humanos que han sobrevivido al paso de los siglos. Basta recorrer Hispanoamérica para comprender la dimensión de aquel legado: ciudades monumentales, universidades centenarias, catedrales y una lengua que constituye hoy una de las herramientas que se consideran patrimonio inmaterial de la humanidad.
La Monarquía no es únicamente el recuerdo de aquellos tiempos. En la España constitucional actual, representa la continuidad del Estado y una institución que, por encima de los gobiernos de cada momento, simboliza la permanencia histórica de la nación. Con sus luces y sus sombras, como sucede con todas las instituciones humanas, la Corona forma parte de una historia que no podemos borrar ni comprender si renunciamos a conocer nuestras propias raíces.
En un mundo donde tantas naciones buscan referentes que las unan, España dispone de un patrimonio extraordinario: su historia, su lengua, su cultura y una trayectoria que ha contribuido decisivamente a configurar el mundo moderno. La Monarquía es una de las instituciones que enlazan aquel pasado con el presente, recordándonos que una nación no empieza con cada cambio de Gobierno ni termina con cada generación.
Podemos discutir sobre la Monarquía, sobre su utilidad o sobre su futuro. Lo que no podemos hacer es despreciar nuestra historia ni avergonzarnos de ella. Conocerla, reconocer sus grandezas y admitir también sus errores es la mejor manera de defender nuestra identidad. Porque España no es solamente un territorio delimitado en un mapa. Es una historia compartida, una cultura universal y una nación que ha dejado una huella imborrable en el mundo. Y conservar ese legado, transmitiéndolo a las generaciones futuras, es una responsabilidad que debería estar por encima de nuestras diferencias políticas.
España tiene razones de sobra para sentirse orgullosa de su historia. Y la Monarquía, como parte de ella, merece ser comprendida en toda su dimensión histórica.
Y no podemos dejar de entender, que la labor del Monarca como jefatura del Estado, nos representa como un «relaciones públicas universal» de forma muy profesional, y nos ha evitado de padecer una jefatura del Estado, representada por un Monedero, Echenique, Pablo Iglesias, Irene Montero, Yolanda Díaz o cualquier elemento de Bildu.
Cuidemos a La Princesa, que nos librará de una Jefatura de República impresentable, ya sea de un extremo o del otro.


