Jerónimo Rosales. Suite Información,.- Decía el pensador José Ortega y Gasset que España era la tierra de los antepasados, y añadía: «Por tanto no nuestra, no libre propiedad de los españoles actuales. Los que antes pasaron siguen gobernándonos y forman una oligarquía de la muerte que nos oprime».
La bola negra es, en realidad, la sombra negra. Una sombra de muerte que mata a los vivos como recordaba el filósofo madrileño citando una sentencia de Las coéforas, de Esquilo: «Los muertos matan a los vivos».
Aunque la película introduce como personaje al genial poeta Federico García Lorca, la verdadera protagonista es esa oligarquía de la muerte que, casi un siglo después parece seguir gobernándonos a los españoles en pleno 2026.
Después de La vaquilla, del inigualable Luis García Berlanga, hacer una gran película sobre la Guerra Civil española exigía una historia verdaderamente original, una genialidad narrativa o un planteamiento radicalmente distinto.
Lamentablemente, ninguna de esas condiciones se da en La bola negra. El guion podría haber tenido sentido en la España de principios de los años ochenta, pero que después de 158 minutos de interminable película el mensaje final sea que un hombre puede vivir en pareja con otro hombre en el año 2026 resulta tan anacrónico como estrenar hoy una película cuya gran reivindicación fuera el derecho al voto femenino.
Y no porque aquellas libertades no merezcan ser defendidas, sino porque convertir su reconocimiento en una revelación cinematográfica, a estas alturas, supone ignorar todo lo que ha sucedido desde entonces. Hasta la propia cronología parece delatar el agotamiento del planteamiento: la historia contemporánea se sitúa en 2017, porque de otro modo los personajes que vivieron la Guerra Civil tendrían, como poco, 109 años. El pasado necesita seguir presente, aunque para conseguirlo haya que forzar las costuras del tiempo.
La película tiene algunos momentos de una belleza estética admirable, acompañados de una música que considero una clara candidata al Goya. Pero esos aciertos terminan perdiéndose en un maremágnum de imágenes sucesivas que parecen competir entre sí para provocar una reacción emocional en el espectador.
El problema es que resulta difícil emocionarse cuando bastante esfuerzo se le exige al espectador con seguir el hilo narrativo.
Sé que esto no es lo que cabe decir de una película que está cosechando tanto éxito, pero La bola negra tiene más de collage posmoderno que de una obra cinematográfica verdaderamente conseguida. Y basta recordar Carros de fuego (1981), de Hugh Hudson, o La mirada de Ulises (1995), de Theo Angelopoulos, para comprender que la belleza de las imágenes, la música y la ambición narrativa pueden convivir sin necesidad de que unas terminen devorando a las otras.
Curiosamente, para mí, la parte más interesante de la película es la que transcurre en 2017, especialmente la relación de Alberto con su madre y con el mundo que lo rodea.
Carlos González está soberbio. Hay momentos en los que cuesta distinguir si estamos ante una interpretación o ante un documental. Su naturalidad es extraordinaria.
Y Lola Dueñas está excepcional. Cuando Teresa entra en escena y comienzan esos diálogos tan bien escritos con su hijo Alberto, sucede algo revelador: de pronto, las otras dos historias parecen puro cartón piedra.
Porque ahí sí hay vida. Ahí no hacen falta símbolos, ni grandes acontecimientos históricos, ni imágenes
cuidadosamente compuestas para provocar una emoción. Basta una madre y un hijo, dos seres humanos que arrastran sus miserias, sus contradicciones y sus heridas.
Lo real es el hijo abandonado por su madre alcohólica y drogadicta. Lo real es la hija abandonada por su padre homosexual. Lo real son las consecuencias que nuestras decisiones tienen sobre quienes viven a nuestro lado, no las grandes justificaciones históricas con las que pretendemos explicarlas.
El resto es papel. Papel escrito o mojado, bajo la lluvia o bajo la nieve, pero papel al fin y al cabo. Y acaso esa sea la gran contradicción de La bola negra: pretende hablarnos de la liberación de los vivos, pero no consigue desprenderse de los muertos.
De esa sombra negra, de esa oligarquía de la muerte de la que hablaba Ortega y Gasset, que todavía en el año 2026 parece empeñada en gobernarnos.
Los muertos siguen matando a los vivos.
Y quizá lo más triste sea que seguimos haciendo películas para ellos.


