Manuel Recio Abad. Suite Información.- Confieso que, después de muchos años siguiendo la política española, cada día me resulta más difícil entender el complejo universo de partidos, coaliciones, plataformas y movimientos que se agrupan a la izquierda del Partido Socialista. Sumar, Podemos, los Comunes, Izquierda Unida, Más Madrid y otras denominaciones aparecen, desaparecen, se unen, se separan y vuelven a encontrarse, mientras el ciudadano intenta averiguar qué representa cada una, quién manda realmente en ellas y cuáles son las diferencias políticas que justifican semejante proliferación de siglas. Hagamos, pues, un ejercicio de clarificación, porque antes de opinar conviene saber de quién estamos hablando.
Comencemos por el principio. En España existía el Partido Comunista de España, el PCE de toda la vida, con una historia perfectamente identificable y dirigentes tan conocidos como Santiago Carrillo. En 1986, aprovechando el clima político de las movilizaciones contra la permanencia de España en la OTAN, el PCE impulsó la creación de Izquierda Unida.
La operación tenía su lógica: reunir bajo una denominación más amplia a comunistas, socialistas disidentes, independientes y otras sensibilidades de izquierda. El nombre resultaba más integrador, aunque la historia y el peso organizativo del Partido Comunista siguieran presentes.
Y aquí aparece nuestra primera peculiaridad: el PCE no desapareció. Continuó existiendo dentro de Izquierda Unida. De modo que ya teníamos un partido dentro de una organización más amplia, cada uno con sus órganos y su propia identidad. No eran exactamente lo mismo, pero tampoco dos mundos ajenos.
Por aquella organización pasarían Julio Anguita, Gaspar Llamazares, Cayo Lara, Alberto Garzón y, actualmente, Antonio Maíllo. Dirigentes distintos, con planteamientos diferentes, pero vinculados a una organización en la que el Partido Comunista ha conservado una presencia histórica fundamental.
En mayo de 2011, España vivió uno de los movimientos ciudadanos más singulares de nuestra democracia: el 15M. Miles de personas salieron a las calles para reclamar cambios políticos, expresar su rechazo al Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero y protestar contra el desempleo, la crisis económica, la corrupción y el funcionamiento de las instituciones.
Yo participé en aquellas manifestaciones. Y recuerdo un movimiento plural, en el que coincidíamos ciudadanos de distintas sensibilidades políticas. No era una concentración exclusiva de comunistas, socialistas o militantes de una determinada organización. Había indignación, mucha indignación, pero no una disciplina de partido.
Tres años después, en 2014, nació Podemos, impulsado por Pablo Iglesias, Juan Carlos Monedero, Íñigo Errejón, Carolina Bescansa y otros promotores, varios de ellos vinculados a la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad Complutense de Madrid.
Podemos no fue la transformación oficial del 15M en partido, porque aquel movimiento carecía de una dirección única que pudiera adoptar semejante decisión. Pero sí supo aprovechar políticamente una parte del descontento que había expresado.
La paradoja histórica es interesante. Un movimiento que desconfiaba profundamente de los partidos tradicionales contribuyó a crear el clima del que surgiría otro partido, con sus dirigentes, sus congresos, sus listas electorales, sus disputas internas y, finalmente, sus ministros.
Aquellos profesores y politólogos que denunciaban la vieja política acabaron conociendo de cerca sus instituciones, sus responsabilidades y sus contradicciones.
Y entonces comenzaron las separaciones.
Pablo Iglesias e Íñigo Errejón, que habían compartido los primeros años de Podemos, terminaron enfrentados políticamente. Errejón impulsó Más Madrid junto a Manuela Carmena y posteriormente Más País, una organización de ámbito estatal.
Así, de un mismo espacio político surgieron dos proyectos diferentes, cada uno con sus candidatos, estrategias y estructuras.
Más Madrid desarrolló una identidad propia, especialmente vinculada a las políticas sanitarias, sociales y medioambientales. Podemos mantuvo otra estrategia, con Ione Belarra e Irene Montero entre sus principales dirigentes.
Lo que había comenzado como una propuesta de renovación política ya tenía varias ramas. Y todavía faltaban algunas.
Después llegó Yolanda Díaz con Sumar, un proyecto que pretendía reunir a distintas fuerzas situadas a la izquierda del PSOE.
El nombre era una declaración de intenciones. Se trataba de sumar partidos, sensibilidades y votantes, aunque la experiencia demostró que compartir una candidatura no eliminaba las diferencias entre las organizaciones participantes.
Dentro de aquel espacio convivieron Izquierda Unida, Movimiento Sumar, Más Madrid, los Comunes y otras fuerzas territoriales. Podemos también participó inicialmente, pero terminó rompiendo con el grupo parlamentario de Sumar.
Los Comunes, por su parte, representan un espacio político catalán de tradición ecosocialista, con figuras como Ada Colau y Ernest Urtasun. Y tampoco conviene confundir Catalunya en Comú, Barcelona en Comú y En Comú Podem, denominaciones relacionadas, pero con funciones organizativas o electorales distintas.
Tenemos, por tanto, partidos que forman coaliciones, coaliciones que presentan candidaturas, organizaciones que mantienen su autonomía dentro de otras y dirigentes que cambian de alianzas sin que necesariamente cambien todas sus posiciones ideológicas.
El ciudadano que quiera comprenderlo necesita algo más que un diccionario de siglas. Probablemente también una libreta y bastante paciencia.
Cuando parecía que habíamos terminado de aprendernos las denominaciones, aparece Frente Amplio, una nueva coalición impulsada por Izquierda Unida, Movimiento Sumar, Más Madrid y los Comunes, que propone a Ada Colau como candidata a la Presidencia del Gobierno para las elecciones generales del próximo 29 de noviembre.
Podemos, por su parte, mantiene sus diferencias con esta coalición y ha explorado acuerdos electorales con Esquerra Republicana de Catalunya y distintas organizaciones territoriales.
A fecha de 16 de octubre, las negociaciones continúan abiertas en algunos territorios, mientras en otros se han alcanzado acuerdos.
De modo que tenemos a quienes quieren sumar dentro de Frente Amplio, a quienes prefieren otros acuerdos y a quienes negocian juntos en unas comunidades autónomas mientras mantienen diferencias en otras.
Todo perfectamente sencillo, como puede comprobarse.
Pero el fenómeno no termina en Madrid. En Galicia encontramos al Bloque Nacionalista Galego, la Unión do Povo Galego y otras organizaciones de izquierda galleguista. En Euskadi, EH Bildu reúne distintas tradiciones de la izquierda soberanista, entre ellas Sortu, Eusko Alkartasuna y Alternatiba.
En Cataluña están Esquerra Republicana, la CUP, los Comunes y distintas organizaciones integradas en esos espacios. En la Comunidad Valenciana aparece Compromís, que también agrupa varios partidos. En Aragón, Chunta Aragonesista; en Baleares, Més per Mallorca y Més per Menorca; en Canarias, Nueva Canarias, Drago Canarias y otras formaciones.
Y en Andalucía tenemos Adelante Andalucía, Por Andalucía, Izquierda Unida, Podemos y diferentes organizaciones andalucistas.
Conviene no meterlas a todas en el mismo saco. Algunas son comunistas, otras ecosocialistas, otras regionalistas o independentistas, y varias defienden proyectos territoriales que no pueden reducirse a las posiciones de Podemos o Sumar.
Si además contamos las federaciones territoriales, las candidaturas municipales, los partidos minoritarios y las coaliciones electorales, las denominaciones se multiplican. Nuestro primer inventario supera las setenta, aunque esa cifra no equivale a setenta partidos independientes y activos.
Entre ellas aparecen nombres tan singulares como Partido Comunista de los Pueblos de España, Partido Comunista de los Trabajadores de España, Reconstrucción Comunista, Anticapitalistas, Alianza Verde o Izquierda Anticapitalista, denominaciones que requieren conocer su historia para distinguir unas organizaciones de otras.
Y aquí conviene preguntarse cuántas diferencias ideológicas existen realmente, cuántas son territoriales y cuántas responden a discrepancias sobre las alianzas y los liderazgos.
Llegados a este punto, uno podría sentirse tentado de llamar a todos estos partidos los hijos de Lenin. La expresión tiene gracia, aunque sería históricamente injusto repartir semejante paternidad política entre organizaciones tan diferentes.
El Partido Comunista de España sí posee una tradición marxista y leninista reconocible, pero otras fuerzas se identifican con el ecosocialismo, el feminismo, el federalismo, el republicanismo o el nacionalismo de izquierdas, sin asumir necesariamente el leninismo.
La cuestión interesante no es atribuirles a todos un mismo padre ideológico, sino comprender cómo tradiciones políticas distintas han terminado compartiendo candidaturas, gobiernos y estrategias parlamentarias, para después separarse y volver a negociar su unidad.
Una genealogía política que, por momentos, recuerda más a un árbol familiar con numerosas ramas que a una organización única.
Hay otra cuestión que merece atención. Buena parte de estas organizaciones mantienen vínculos históricos con movimientos sociales, plataformas ciudadanas, sindicatos y asociaciones que protagonizan movilizaciones públicas.
Manifestarse, concentrarse o acampar pacíficamente forma parte de los derechos democráticos. Otra cuestión es analizar cuándo una protesta nace de la iniciativa ciudadana, cuándo recibe apoyo de partidos y cuándo existe una participación organizativa directa de dirigentes o estructuras políticas.
No todas las manifestaciones responden a una dirección partidista, ni todos sus participantes comparten las posiciones de las organizaciones que las apoyan.
Precisamente por eso resulta importante conocer quién convoca, quién financia, quién participa y quién intenta representar políticamente cada movilización. La transparencia también debería aplicarse a quienes se presentan como portavoces de la calle.
Llegamos así a una pregunta que trasciende las bromas. ¿Qué diferencias políticas justifican tantas organizaciones, tantos órganos de dirección y tantas denominaciones?
En ocasiones existen discrepancias profundas sobre la organización territorial del Estado, la política económica, las alianzas parlamentarias o las relaciones internacionales. En otras, las diferencias se concentran en estrategias electorales, liderazgos y procedimientos internos.
Todas las organizaciones políticas tienen derecho a existir y defender sus propuestas. Pero también resulta legítimo preguntar por su financiación pública, sus gastos de funcionamiento, sus mecanismos de democracia interna y la representación electoral que efectivamente obtienen.
La pluralidad es una característica de la democracia. La transparencia y la rendición de cuentas deberían acompañarla.
Porque el problema no consiste en que existan muchas organizaciones políticas, sino en que sus ciudadanos puedan distinguirlas, conocer sus propuestas y comprender las razones de sus alianzas y sus rupturas.
Y, después de todo este recorrido, permítanme terminar con una referencia cinematográfica.
Después de recorrer semejante laberinto de siglas, coaliciones, federaciones, plataformas y partidos, resulta inevitable recordar aquella extraordinaria película de los Monty Python, La vida de Brian, estrenada en 1979.
En una de sus escenas más divertidas aparecen el Frente Popular de Judea, el Frente Judaico Popular y el Frente Popular del Pueblo de Judea, organizaciones que, pese a compartir su oposición a la dominación romana, mantienen entre sí unas rivalidades verdaderamente disparatadas.
La genialidad de aquella sátira consistía precisamente en mostrar cómo las diferencias entre organizaciones aparentemente próximas podían llegar a ocupar más tiempo y energías que los objetivos que todas decían perseguir.
Casi medio siglo después, la escena conserva una sorprendente actualidad para cualquiera que intente comprender el complejo entramado de las izquierdas españolas.
Y uno termina preguntándose, con una sonrisa, si para entender quién es quién en este universo de siglas no sería más útil volver a ver La vida de Brian que asistir a otra conferencia de prensa anunciando una nueva coalición.
Al menos, con los Monty Python, uno sabía que estaba viendo una comedia.
Y, por cierto, entre tantas siglas hemos encontrado también al Partido Comunista de los Pueblos de España, una denominación que me recuerda aquella broma de que siempre tiene dos votantes: Carlos Herrera y quien suscribe estas líneas. Naturalmente, ninguno de los dos lo votamos. Pero a estas alturas del artículo, y después de semejante recorrido por la geografía política española, espero que se me permita terminar con una sonrisa


