Manuel Recio Abad. Suite Información.– ¿Pero qué está pasando en España? ¿Adónde queremos llegar? ¿A una sociedad enfrentada, con encapuchados incendiando contenedores, destrozando comercios y agrediendo a policías? ¿A convertir al adversario político en un enemigo al que hay que combatir?
Basta ya de llamar fascista a cualquiera que piense de manera diferente. Soy un centrista liberal, respeto todas las ideas democráticas y no acepto que nadie pretenda intimidarme por mis convicciones. Quien quiera manifestarse pacíficamente, que lo haga. Quien cometa delitos, que responda ante la justicia.
Y quienes ocupan responsabilidades políticas deberían medir sus palabras. Cuando desde una tribuna parlamentaria se habla de incendiar la sede de un Gobierno, aunque sea como hipótesis, se está introduciendo una imagen de violencia absolutamente impropia de quien debe defender nuestras instituciones.
Pero lo verdaderamente grave es el daño que esta crispación puede causar a nuestro país.
Llevo cincuenta años en el mundo empresarial y sé perfectamente cómo funciona la inversión. ¿Alguien cree que un fondo internacional va a comprometer cientos de millones de euros en un país que transmite una imagen de enfrentamiento permanente? ¿Qué los bancos van a financiar alegremente nuevas empresas y promociones inmobiliarias en un ambiente de incertidumbre?
El dinero no tiene obligación de quedarse donde encuentra inseguridad. Busca estabilidad, confianza y garantías. Si no las encuentra, puede marcharse. Y entonces se paralizan inversiones, se endurece el crédito, se frenan proyectos, se pierden empleos y se dejan de construir viviendas.
España necesita cientos de miles de viviendas y nuestros jóvenes no pueden esperar eternamente. Necesitamos empresarios que arriesguen, bancos que financien e inversores que confíen. ¿Cómo vamos a resolver el problema de la vivienda si contribuimos a deteriorar las condiciones necesarias para construirla?
Ahí está la gran contradicción: protestar porque no hay soluciones y recurrir a métodos que pueden hacer todavía más difícil encontrarlas. Los destrozos no construyen una sola vivienda, no crean un puesto de trabajo ni mejoran la vida de ninguna familia.
¿Es eso lo que queremos? ¿Empresas cerradas, inversiones perdidas, trabajadores en el paro y jóvenes sin futuro? ¿Una España permanentemente enfrentada consigo misma?
No. Quiero una España en paz, donde se respeten todas las opiniones, donde la discrepancia se resuelva con argumentos y votos, nunca con amenazas ni violencia.
Que los responsables de los delitos respondan ante los tribunales y que los dirigentes políticos asuman las consecuencias de sus palabras y decisiones.
Porque España necesita viviendas, inversión, empleo y prosperidad. No necesita barricadas.
Y quienes contribuyen a destruir la confianza que nuestro país necesita deberían comprender una cosa: el daño no se queda en las calles. Termina llegando a las empresas, a los hogares y al futuro de todos los españoles.


