Jerónimo Rosales. Suite Información.– Podía entender los coches voladores, las explosiones imposibles, los edificios que se derrumbaban como castillos de naipes y hasta que un millonario se dedicara a salir por las noches disfrazado de murciélago para repartir mamporros a los delincuentes, en lugar de comprarse un yate, atracarlo en Mónaco y dedicarse a disfrutar de la vida.
Pero había algo que no conseguía explicarme: ¿de dónde sacaban tantos payasos violentos?
Porque una cosa es encontrar cuatro locos dispuestos a seguir a un perturbado y otra muy distinta reclutar a miles de individuos que salen a la calle disfrazados de payasos, queman coches, destrozan escaparates y consideran que están construyendo un mundo mejor.
¿Dónde hacían la selección de personal? ¿Había una agencia de representación especializada en dementes? ¿Publicaban anuncios solicitando payasos con experiencia en disturbios, disponibilidad inmediata y conocimientos de cócteles molotov?
La respuesta la encontré el otro día viendo de casualidad en un bar la televisión española, esa que pagamos todos y que no ve nadie. En la pantalla se daba voz a un repertorio de payasos sin complejos que hubieran puesto los dientes largos a cualquier productor de Hollywood. Aparecían con el maquillaje de derrotados e indignados a tiempo parcial, esperando que se fueran los medios para irse a su casa calentita y ponerse a ver una serie en Netflix mientras inundaban de mensajes anticapitalistas las redes con su iPhone.
El payaso contemporáneo es una categoría humana que merece un estudio filosófico independiente. No debe confundirse con el gilipollas, que pertenece a otra especie y cuya abundancia histórica está suficientemente acreditada. El gilipollas puede serlo sin proponérselo; el payaso, en cambio, necesita público, representación y una máscara ideológica que le permite justificar cualquier disparate.
El payaso tampoco debe confundirse con el jeta. En Francia o en Bélgica vemos jetas enmascarados que, aprovechándose de los payasos locales, saquean y roban sin más límite que el del buenismo de sus defensores con justificaciones alucinatorias. En cambio, el payaso no persigue un interés económico inmediato, sino sacar a pasear su indigencia intelectual en los medios de masas que se atrevan a entrevistarle con frases tan hilarantes como que por qué tiene que trabajar para poder vivir.
Esto es, el payaso considera una injusticia histórica que la naturaleza no le proporcione gratuitamente una vivienda, tres comidas diarias, vacaciones y una conexión a internet que le permita denunciar las atrocidades del capitalismo desde su móvil de última generación.
Los profesores que habitan en este psiquiátrico, aquellos que están en modo payasos indignados a tiempo parcial, debieron enseñarles que los supermercados se llenaban solos por las noches gracias a unos gnomos especialmente laboriosos, que los agricultores son hobbits que cultivan la tierra por entretenimiento y que los camiones que transportan los alimentos funcionan con la energía espiritual de Greta Thunberg.
El payaso siempre exige cosas que él no haría ni de broma. Pide abrir las fronteras a todo quisqui, sin restricciones, condiciones ni preguntas, aunque después no le abriría ni el puto frigorífico de su casa al compañero de piso que está pasando una mala racha. La solidaridad universal tiene esa ventaja: cuanto más lejos se encuentra el beneficiario, menos posibilidades existen de que termine llamando a tu puerta. Y, si llama, que se encargue el Estado, ese que se mantiene solo con el dinero de los gnomos laboriosos.
Ortega y Gasset dedicó buena parte de La rebelión de las masas a explicar cómo el hombre- masa había llegado a considerar que sus deseos eran derechos y que la civilización, con todos sus adelantos, existía espontáneamente, como los árboles o las montañas. No llegó a conocer TikTok, lo que probablemente le ahorró una depresión, pero dejó descrito el fenómeno con casi un siglo de anticipación. Lo que Ortega no pudo imaginar es que aquel hombre-masa acabaría encontrando en el payaso una de sus expresiones políticas más logradas: aquel que gracias a su máscara ideológica puede vivir las mayores contradicciones sin ruborizarse, tener veinte pisos y ponerse en modo personaje oprimido de Los miserables, defender que existen cien géneros y apoyar violentamente países donde solo existe uno.
España se ha convertido en el psiquiátrico de Arkham, solo que hemos sustituido las camisas de fuerza por las subvenciones y los tratamientos psiquiátricos por las tertulias televisivas. Y, naturalmente, todo manicomio necesita un jefe de psiquiatría, un Jonathan Crane. En España, este sanatorio de Arkham con terrazas y conciertos tiene como jefe al presidente que lleva ocho años y que no necesita disfrazarse de payaso ni encabezar
ninguna manifestación para ser el líder. Su especialidad es mucho más refinada: conoce los miedos de sus pacientes y sabe cómo utilizarlos para conseguir que vean monstruos y sombras donde solamente hay un quehacer, una necesidad de actuación política.
El Espantapájaros no necesita convencer a nadie de que va a darle una solución o aliviar su problema, porque le basta con convencerlo de que fuera del manicomio existe algo infinitamente peor.
Y aquí es donde la ficción cinematográfica empieza a adquirir un inquietante parecido con nuestra realidad política. Durante ocho años hemos asistido a una sucesión de amenazas que, convenientemente administradas, permiten mantener a una parte de la sociedad en permanente estado de alarma. Vuelve el fascismo, regresa la extrema derecha, peligra la democracia, vienen a quitarnos los derechos, las libertades y hasta el aire que respiramos.
Y, claro, cada elección se presenta como la última oportunidad de salvarnos de una catástrofe histórica.
El Espantapájaros ha descubierto que el miedo tiene una ventaja sobre la esperanza: no necesita cumplirse para seguir funcionando. Si el monstruo no aparece, es porque el jefe de psiquiatría nos ha salvado. Y si aparece, aunque solamente sea en forma de una declaración desafortunada de algún concejal de provincias, queda demostrado que el director tenía razón.
El sistema del sanatorio victoriano de Arkham es perfecto.
Los internos viven aterrorizados ante la posibilidad de que se abran las puertas del manicomio, mientras el Espantapájaros les recuerda que solamente él puede protegerlos de los peligros que acechan fuera.
Y los payasos, agradecidos, lo aplauden.
No deja de ser curioso que una sociedad que presume de haber superado todos los miedos tradicionales necesite fabricar continuamente otros nuevos. Hemos dejado de temer al infierno, al pecado y al castigo divino, pero nos hemos vuelto extraordinariamente sensibles a cualquier amenaza que pueda aparecer en un titular de prensa. El hombre moderno, que se considera emancipado de todas las supersticiones, termina creyendo en
monstruos políticos con la misma devoción con que sus antepasados creían en las brujas.
Lo que resulta especialmente interesante de la figura del Espantapájaros es que su poder no depende de su fuerza, sino de la debilidad de quienes lo rodean. El miedo altera la percepción de la realidad. El individuo deja de juzgar aquello que tiene delante y comienza a interpretar el mundo a través de la amenaza que le han enseñado a reconocer. Así, el adversario político deja de ser un ciudadano con ideas diferentes para convertirse en un enemigo del que hay que defenderse. La discrepancia se transforma en peligro, la crítica en agresión y la alternancia democrática en una amenaza existencial.
El Espantapájaros no necesita cerrar las puertas del manicomio.
Ha conseguido que sus internos tengan miedo de salir.
Y aquí es donde Boecio, aquel último gran pensador del mundo romano, nos proporciona una explicación todavía más interesante que la de Christopher Nolan.
En La consolación de la filosofía escribió: «¿Llamarás poderoso a un hombre a quien ves pretender lo que no puede alcanzar, poderoso que se rodea de numerosa guardia, que teme mucho más de lo que es temido, que depende de sus mismos cortesanos para demostrar su poderío?».
Porque el verdadero problema del Espantapájaros es que también él tiene miedo. Sí, un miedo infinito a perder el poder, a que sus seguidores descubran que los monstruos no eran tan terribles, a que alguien abra una ventana y entre un poco de aire fresco en Arkham.
Necesita mantener el miedo de los demás para no tener que enfrentarse al suyo. Y esa es la gran paradoja del personaje: el hombre que ha convertido el miedo en un instrumento de poder termina siendo su principal prisionero.
En Batman Begins, el Espantapájaros acaba experimentando los efectos de la misma sustancia que utilizaba contra sus víctimas. La ficción tiene a veces una justicia poética que la realidad se empeña en retrasar.
Quizás algún día, cuando se apaguen las cámaras, desaparezcan los escoltas y los últimos payasos hayan encontrado otro espectáculo al que acudir, nuestro jefe del psiquiátrico tenga que enfrentarse a la única pregunta que nunca quiso formularse:
¿Quién le va a proteger a él de sus propios miedos?
Porque, al final, el Espantapájaros no era el hombre que conseguía asustar a todos los demás. Era el único que no podía permitirse dejar de tener miedo


