Manuel Recio Abad. Suite Información.– En 1969, el director norteamericano Sydney Pollack llevó al cine una de las películas más desgarradoras de su época: «Danzad, danzad, malditos», protagonizada por Jane Fonda. La historia transcurre durante la Gran Depresión de los años treinta, cuando la miseria empujaba a miles de norteamericanos a buscar desesperadamente cualquier oportunidad para sobrevivir. En aquel ambiente se organizaban interminables concursos de baile en los que hombres y mujeres competían durante días y semanas, prácticamente sin descanso, por conseguir un premio económico. Bailaban hasta el agotamiento, hasta desplomarse, mientras el público contemplaba el espectáculo, los organizadores hacían negocio y la música seguía sonando. Una representación brutal de una sociedad capaz de convertir el sufrimiento humano en diversión.
He recordado aquella película contemplando los bailes, las coreografías, las sonrisas y los aplausos de los actuales dirigentes del Partido Socialista Obrero Español. Y me pregunto, con indignación y estupor: ¿de qué demonios se ríen? ¿Qué celebran? ¿Qué alegría tienen? ¿Qué motivos encuentran para bailar mientras España acumula problemas que parecen no tener fin? Hoy, además, estamos profundamente desolados por la tragedia ferroviaria que ha vuelto a golpear a nuestro país. Hay víctimas, familias destrozadas y ciudadanos que contemplan con angustia lo sucedido. Es momento de duelo, de respeto y de exigir explicaciones. No voy a señalar culpables penales sin que una investigación los determine, pero tampoco aceptaré que la responsabilidad política se esconda eternamente detrás de informes técnicos, comparecencias y excusas. Quienes gobiernan tienen la obligación de responder por la gestión de los servicios públicos, por su mantenimiento y por sus decisiones.
Por eso resulta insoportable contemplar el espectáculo de un partido cuyos dirigentes parecen instalados en una celebración permanente. Porque lo que hoy queda de aquel histórico Partido Socialista Obrero Español es, a mi juicio, un reducto político sometido a la voluntad de un solo hombre. El Partido Socialista ha sido sustituido por el Partido Sanchista, una organización en la que la obediencia parece valer más que el criterio, la propaganda más que la verdad y la permanencia en el poder más que el interés general. ¿Dónde están aquellos socialistas que defendían sus ideas con dignidad? ¿Dónde están quienes entendían la política como una vocación de servicio? ¿Dónde están quienes deberían levantar la voz frente a los excesos de sus propios dirigentes? Porque una cosa es defender unas ideas y otra muy distinta justificar cualquier conducta para mantener a los mismos en el poder.
Un socialista no tiene obligación alguna de votar a quienes hoy dirigen su partido. Puede quedarse en casa, votar en blanco o exigir una renovación profunda de sus dirigentes. Lo que no debería hacer es justificar lo injustificable por una fidelidad ciega a unas siglas. Y quienes continúan respaldando estas conductas deberían preguntarse si no tienen también una responsabilidad moral por aquello que consienten. Porque el voto no es un cheque en blanco y la decencia está por encima de cualquier ideología. Que ningún ministro venga ahora a hablarnos de la supuesta superioridad moral de la izquierda. La superioridad moral no se proclama, se demuestra con hechos, con humildad, con honradez y con respeto hacia quienes sufren.
Por eso, cuando vuelvan a organizar uno de esos mítines convertidos en espectáculos musicales, quisiera que alguien tuviera la dignidad de levantar la mano y pedir silencio. Que se detenga la música, que se apaguen los focos y que desaparezcan las sonrisas ensayadas. Que recuerden a las víctimas, a sus familias, a los jóvenes que no pueden acceder a una vivienda, a quienes no llegan a final de mes y a tantos españoles que contemplan con impotencia el deterioro de nuestra vida política. No sé de qué bailan, no sé qué celebran ni qué motivos tienen para semejante alegría. Lo que sí sé es que España merece algo infinitamente mejor que un Gobierno convertido en espectáculo y unos dirigentes que parecen más preocupados por aplaudirse mutuamente que por escuchar a los ciudadanos.
En la película de Sydney Pollack, los bailarines eran víctimas de un sistema despiadado. En nuestra política, quienes bailan desde el poder son precisamente quienes deberían responder ante los ciudadanos. Y esa diferencia resulta todavía más indignante. A los actuales dirigentes de este Partido Sanchista les diría que dejen de bailar, que abandonen su arrogancia y que recuerden de una vez que España no es suya. Y a quienes siguen votándoles sin exigirles responsabilidades, que reflexionen sobre lo que están respaldando. No hay siglas que justifiquen la indignidad, ni ideología que disculpe la incompetencia, ni mayoría parlamentaria que convierta en honorable aquello que no lo es.
Danzad, danzad, malditos. Pero recordad que cada aplauso que os dedicáis a vosotros mismos no puede silenciar el sufrimiento de España. Y que cuando finalmente se detenga la música, no habrá coreografía, consigna ni ovación capaz de evitar que tengáis que rendir cuentas. Porque un país puede soportar muchas cosas, pero no tiene por qué soportar que sus gobernantes bailen mientras sus ciudadanos lloran.


