En el corazón geográfico de la provincia de Córdoba, allí donde el paisaje se ondula en un océano infinito de olivos plateados y viñedos centenarios, emerge un cerro coronado por tres torres medievales que vigilan el horizonte desde hace casi siete siglos. Quien viaja por la carretera nacional o cruza la autovía que conecta Córdoba con Málaga suele alzar la vista, deslumbrado por la silueta imponente de su fortaleza recortada contra el cielo del sur. Sin embargo, la mayoría de los viajeros continúa su ruta sin desviarse, ignorando que sobre esa atalaya natural —bautizada con toda justicia como el Mirador de la Campiña— descansa uno de los patrimonios históricos, arqueológicos y gastronómicos más densos de la península ibérica. Montemayor es hoy la definición exacta de un diamante en bruto: un municipio sin pulir, ajeno todavía a los grandes circuitos de masas, que reúne los mimbres necesarios para sentarse en la misma mesa que capitales monumentales como Ronda, Carmona, Úbeda o Baeza.
El balcón de la Campiña y la paradoja del anonimato
Andalucía es una tierra acostumbrada al superlativo, pero ese exceso de riqueza patrimonial provoca a menudo una injusta ceguera selectiva. Mientras el turismo internacional abarrota los callejones de las grandes urbes o transforma antiguos pueblos blancos en decorados de cartón piedra, existen enclaves que han preferido seguir latiendo a su propio ritmo, custodiando su identidad en silencio. Montemayor pertenece a esta estirpe de pueblos auténticos. Pasear al atardecer por su entramado urbano, asomarse a sus balconadas naturales sobre la llanura cordobesa y respirar el aroma a mosto fermentado y leña de olivo es entender que aquí nada es impostado.
La paradoja montemayorense reside precisamente en la desproporción entre lo que atesora y lo que proyecta hacia el exterior. Pocos municipios de su tamaño pueden presumir de contar con más de cuatro milenios de ocupación humana ininterrumpida, de haber cambiado el curso de una guerra civil en la antigua Roma, de poseer dos castillos en su término municipal y de albergar la mayor extensión de asoleo de uva de todo el continente europeo. Es una potencia cultural y enogastronómica en estado latente a la que solo le falta un proyecto integral de puesta en valor para sacudirse la modestia y reclamar su lugar en la primera división del patrimonio andaluz.
Ulia Fidentia: el pueblo que salvó el honor de Julio César
Para comprender la magnitud histórica de Montemayor hay que cavar bajo el asfalto y la cal actual hasta tropezar con sus raíces milenarias. Los hallazgos de cerámica campaniforme demuestran que este promontorio estratégico ya era codiciado dos mil años antes de nuestra era, mucho antes de que los pueblos íberos esculpieran en su suelo exvotos y esculturas de piedra que hoy maravillan a los arqueólogos. Aquel asentamiento primitivo evolucionó hasta convertirse en la próspera ciudad íbero-romana de Ulia, un enclave que dominaba la arteria vital de comunicación entre Corduba (Córdoba), Antikaria (Antequera) y Malaca (Málaga).
Fue a mediados del siglo I antes de Cristo cuando el nombre de este rincón cordobés quedó cincelado para siempre en los anales de la historia universal. Durante la sangrienta guerra civil de la República romana que enfrentó a Julio César contra los hijos de Pompeyo el Grande, prácticamente toda la provincia de la Hispania Ulterior tomó partido por la facción pompeyana. Toda, excepto una irreductible plaza fuerte en lo alto de un monte: Ulia.
En el año 46 antes de Cristo, las legiones de Cneo Pompeyo cercaron la ciudad para castigar su rebeldía. Los habitantes de la actual Montemayor resistieron un asedio feroz tras sus murallas hasta que el propio Julio César acudió en su auxilio, obligando a los sitiadores a levantar el campamento. Tras su victoria definitiva en la batalla de Munda, César no olvidó quién le había tendido la mano en la hora más oscura. Recompensó al municipio con privilegios fiscales, autonomía política para acuñar su propia moneda y el título honorífico de Ulia Fidentia («Ulia la Fiel»). Ese lema, que todavía hoy ondea con orgullo en el escudo municipal y cobra vida en el extraordinario Museo Histórico Local de Ulia, no es una simple anécdota erudita: es un relato épico de primer orden mundial que, en cualquier otro rincón de Europa, sería el eje de un parque arqueológico de referencia internacional.
La anomalía de los dos castillos y la joya cerrada bajo llave
Si el subsuelo de Montemayor habla en latín, su horizonte habla el lenguaje del poder feudal de la Baja Edad Media. El municipio protagoniza un fenómeno constructivo rarísimo en la castellología española: la existencia de dos fortalezas vinculadas a una misma mudanza histórica. Tras la conquista cristiana del valle del Guadalquivir en el siglo XIII, la población se agrupaba en torno al Castillo de Dos Hermanas, una fortificación de raíces anteriores situada a unos seis kilómetros del núcleo actual, junto al cauce del río Carchena.
Sin embargo, en el convulso siglo XIV, don Martín Alfonso Fernández de Córdoba comprendió que aquel emplazamiento bajo resultaba vulnerable ante las nuevas tácticas de asedio y la peste. Tomó entonces una decisión radical: desmontar piedra a piedra parte de la vieja fortaleza y trasladar a toda la villa a la cima del «Monte Mayor», sobre las ruinas de la antigua Ulia romana. Su primogénito, Alfonso I Fernández de Córdoba y Montemayor, consolidó la jugada maestra al apoyar a Enrique II de Trastámara frente a su hermanastro el rey Pedro I en la guerra civil castellana. La victoria trastámara le valió el título de Adelantado Mayor de la Frontera y los caudales necesarios para culminar el imponente Castillo de Montemayor, conocido hoy como Castillo Ducal de Frías.
Esta fortaleza de planta triangular, considerada una de las cumbres de la arquitectura militar gótico-mudéjar en Andalucía, despliega tres colosos de piedra en sus vértices: la Torre de las Palomas, la Torre Mocha y la soberbia Torre del Homenaje, coronada por cuatro elegantes garitas esquineras que parecen flotar sobre el abismo de la Campiña. Y es justo frente a sus muros donde el periodista se topa con la gran herida —y a la vez la gran oportunidad— del municipio: el castillo, pese a su impecable estado de conservación y su declaración como Bien de Interés Cultural en 1985, es de propiedad privada y permanece cerrado a cal y canto para el visitante. Más doloroso aún fue el episodio vivido a finales de los años ochenta, cuando el edificio perdió uno de los archivos nobiliarios más importantes de España, trasladado al Archivo Histórico Nacional pese a la oposición frontal de todo el pueblo.
A los pies del recinto amurallado se despliega otro monumento de categoría mayor: la Parroquia de Nuestra Señora de la Asunción, levantada a partir de 1515 sobre el solar de una antigua mezquita. Su interior es una lección viva de reciclaje histórico: las cinco naves del templo se sostienen sobre columnas cuyos fustes de mármol rojo fueron rescatados directamente de los edificios públicos de la Ulia romana. Entre sus muros brillan el retablo mayor ejecutado en 1633 por Pedro Freila de Guevara, presidido por el patrón San Acacio, y una prodigiosa pila bautismal plateresca tallada en 1539 en un único bloque de piedra. Un paseo por la localidad descubre además un cuarteto de ermitas llenas de encanto —la de Jesús Nazareno, la de San Sebastián, la de la Vera Cruz con su portada mudéjar recuperada y la de San José, de finales del siglo XVII y epicentro de la ferviente romería de San Isidro Labrador— que terminan de tejer un conjunto monumental de una densidad asombrosa.
El oro dulce de la mayor pasera de Europa y el arte del fogón
Pero un gran destino del siglo XXI no conquista al viajero únicamente por la vista; necesita seducirlo por el paladar. Y es en el terreno gastronómico donde Montemayor guarda su carta más contundente y diferenciadora. Integrado plenamente en el marco de la Denominación de Origen Montilla-Moriles, el término municipal alberga un tesoro agroalimentario único: la pasera más grande de Europa.
Cada final de agosto y principio de septiembre, cuando el sol de la Campiña cae a plomo sobre los terruños de albariza y ruedo, los campos de Montemayor se transforman en un tapiz geométrico hipnótico. Toneladas de uva blanca de la variedad Pedro Ximénez se extienden cuidadosamente al sol sobre mantos de esparto o mallas en el suelo para someterse al arte milenario del asoleo. Cuadrillas de hombres y mujeres voltean los racimos a mano bajo un calor de justicia para que el fruto se deshidrate de manera uniforme, concentrando sus azúcares naturales hasta convertirse en pasa antes de pasar por las prensas hidráulicas. De ese sacrificio agrícola nace el vino dulce Pedro Ximénez, un néctar denso, de color ébano con ribetes yodados, capaz de desplegar en boca aromas a higo seco, dátil, café tostado, cacao y regaliz. La feria Paxera, que cada mes de septiembre convierte al municipio en la capital mundial del vino dulce, ha demostrado el enorme potencial de este ritual como imán enoturístico.
Ese oro oscuro del viñedo se funde en los fogones locales con el otro gran pilar de la tierra: el aceite de oliva virgen extra. La cocina montemayorense huye de las espumas artificiales para ofrecer una gastronomía de raíces profundas, heredera del cruce entre las tradiciones árabe, judía y cristiana. El plato estrella que resume esta alquimia es la carrillada al Pedro Ximénez: piezas de carne ibérica cocinadas a fuego lentísimo en el propio vino dulce de la tierra hasta que las fibras ceden al simple contacto del tenedor, bañadas en una salsa espesa y brillante que resume siglos de sabiduría campesina.
Junto a la carrillada, el recetario tradicional despliega joyas que hoy empiezan a desaparecer de las cartas urbanas. Ahí está la gallina en pepitoria, guisada con almendras, hebras de azafrán y yema de huevo, cuya salsa exige hogazas enteras de pan de pueblo; o las habas con berenjenas, una combinación vegetal de clara ascendencia andalusí que eleva los productos de las huertas locales a la categoría de alta cocina. En los meses fríos, los potajes y pucheros con verduras recién cortadas comparten protagonismo con los clásicos indiscutibles de la provincia, desde el espeso salmorejo cordobés hasta el crujiente flamenquín. Y en el apartado de la repostería ritual, Montemayor conserva una joya etnográfica entrañable: los panetes o lagartos del Día de Todos los Santos, figuras antropomorfas y de animales modeladas en masa de pan que los mayores regalan a los niños cada primero de noviembre para mantener vivo el vínculo entre generaciones.
Pulir el diamante: el futuro que espera a Montemayor
Cuando se ponen todas las piezas sobre el tablero —una ciudad romana distinguida personalmente por Julio César, un museo arqueológico de primer nivel, dos castillos medievales, una iglesia renacentista sostenida por columnas imperiales, la mayor pasera de Europa y una gastronomía con sello propio—, la conclusión periodística cae por su propio peso. Montemayor no es un pueblo menor de la España interior; es un gigante dormido al que solo le falta creer en su propia envergadura.
Que sea un pueblo «sin pulir» no debe leerse como un defecto, sino como su mayor ventaja competitiva en pleno siglo XXI. Mientras otros municipios han vendido su alma a las franquicias y al turismo de masas, Montemayor conserva intacta su verdad. Pulir este diamante implica trazar una estrategia ambiciosa: lograr acuerdos institucionales con la propiedad del Castillo Ducal de Frías para abrir sus patios y torres a las visitas culturales; musealizar al aire libre el enclave del Castillo de Dos Hermanas; diseñar rutas gastronómicas y bodegueras permanentes durante los doce meses del año en torno al Pedro Ximénez; y embellecer su casco histórico respetando la sobriedad de la arquitectura tradicional de la Campiña.
El día en que las administraciones, los inversores culturales y los propios vecinos terminen de pulir las aristas de esta joya cordobesa, los viajeros que circulan por el corazón de Andalucía dejarán de mirar el castillo de reojo desde la ventanilla del coche. Subirán la cuesta del cerro, cruzarán las antiguas puertas de Ulia Fidentia, brindarán con una copa de oro dulce frente al horizonte infinito de la Campiña y comprenderán por qué esta villa fiel estuvo siempre llamada a ser uno de los grandes faros culturales y gastronómicos del sur de Europa.

