Álvaro Filgueira. Suite Información.– Hay muchas formas de robar.
Se puede robar dinero. Se puede robar tiempo. Se puede robar esperanza. Se puede robar confianza.
Y si algo caracteriza a la etapa política de Pedro Sánchez es precisamente esa sensación cada vez más extendida entre millones de españoles: la de haber sido engañados una y otra vez.
Porque cuando un presidente promete una cosa y hace la contraria, no está simplemente cambiando de opinión. Está deteriorando el contrato de confianza que une a los ciudadanos con quienes los gobiernan.
Pedro Sánchez llegó a La Moncloa envuelto en un discurso de regeneración democrática. Venía a limpiar la política, a elevar los estándares éticos y a devolver la ejemplaridad a las instituciones. Sin embargo, años después, la realidad es muy distinta.
Los españoles han asistido a un desfile interminable de rectificaciones, pactos impensables, promesas incumplidas y decisiones justificadas con argumentos que cambian según las circunstancias del momento.
Lo que ayer era inaceptable hoy es imprescindible.
Lo que ayer era un peligro para España hoy es un socio preferente.
Lo que ayer se negaba con rotundidad hoy se presenta como un ejercicio de responsabilidad.
Y así, una y otra vez.
Pero el problema ya no es únicamente político.
La sombra de los escándalos ha terminado por rodear al Gobierno y a su entorno. Las investigaciones judiciales, las informaciones periodísticas, las causas abiertas y las polémicas relacionadas con personas cercanas al poder han generado una situación inédita en la democracia española reciente.
No corresponde a nadie condenar antes de tiempo. Esa es función exclusiva de los tribunales. Pero tampoco puede exigirse a los ciudadanos que ignoren lo que ven cada día en titulares, autos judiciales y comparecencias públicas.
Cuando las sospechas se acumulan alrededor del entorno del poder, la confianza se resiente.
Y cuando la confianza desaparece, la legitimidad moral empieza a erosionarse.
A ello se suma una preocupante tendencia a presentar cualquier crítica como una conspiración.
Si un juez investiga, se cuestiona al juez.
Si un periodista publica información incómoda, se cuestiona al periodista.
Si la oposición denuncia irregularidades, se cuestiona a la oposición.
Si miles de ciudadanos salen a la calle, se cuestiona a los ciudadanos.
Todo parece formar parte de una inmensa trama, excepto quienes gobiernan.
Ese relato victimista puede servir para movilizar a los propios, pero resulta profundamente dañino para la salud democrática de un país.
Una democracia madura acepta el control, la crítica y la fiscalización del poder. No los combate.
Tampoco ayuda la sensación de colonización institucional que perciben muchos españoles. La ocupación partidista de organismos, empresas públicas e instituciones estratégicas ha alimentado la idea de que el Estado se ha convertido progresivamente en una herramienta al servicio de intereses políticos.
Quizá sea una percepción discutible.
Lo que ya no es discutible es que existe.
Y cuando millones de ciudadanos dejan de confiar en la neutralidad de las instituciones, el problema deja de ser partidista para convertirse en democrático.
Mientras tanto, España continúa acumulando problemas reales.
El acceso a la vivienda se ha convertido en una misión imposible para muchos jóvenes.
La presión fiscal aumenta.
La deuda pública sigue creciendo.
El campo y el mar atraviesan dificultades históricas.
La burocracia asfixia a autónomos y pequeñas empresas.
Y cada vez más familias sienten que trabajan más para llegar a menos.
Sin embargo, gran parte del debate político parece girar constantemente alrededor de la supervivencia del propio Gobierno.
Como si la prioridad nacional fuera mantener una mayoría parlamentaria y no resolver los problemas de quienes sostienen el país con su esfuerzo diario.
Por eso, cuando muchos ciudadanos afirman que “Sánchez nos roba”, probablemente no están hablando de dinero.
Hablan de algo mucho más profundo.
Hablan de la verdad.
Hablan de la confianza.
Hablan de la credibilidad de las instituciones.
Hablan de la sensación de que la política ha dejado de servir a los ciudadanos para centrarse en la conservación del poder.
Y cuando una sociedad empieza a sentir eso, el problema ya no afecta únicamente a un presidente.
Afecta a toda la democracia.
Porque los países no se construyen únicamente con leyes o presupuestos.
Se construyen sobre la confianza de sus ciudadanos.
Y esa es una riqueza que, cuando se pierde, tarda muchos años en recuperarse.



