Álvaro Filgueira. Suite Información.- En el corazón monumental de Santiago de Compostela, donde cada piedra parece dialogar con la historia, algo chirría. No es el paso del tiempo, ni siquiera el inevitable desgaste de los siglos. Es una intervención reciente en las gárgolas del Hostal de los Reyes Católicos —antiguo hospital real y hoy establecimiento de la red de Paradores— que ha desatado una pregunta incómoda: ¿todo vale en nombre de la conservación?
La solución adoptada —introducir tubos metálicos que sobresalen de las bocas de las gárgolas— no es solo discutible desde el punto de vista técnico; resulta directamente agresiva en términos estéticos. Estas piezas, concebidas en los siglos XVI y XVII como elementos funcionales y simbólicos, han sido transformadas en algo que recuerda más a un apéndice industrial que a una obra escultórica histórica. De ahí la imagen inevitable: gárgolas que parecen sacar lengua como camaleones.
Conviene recordar que no estamos ante un edificio cualquiera. El Hostal de los Reyes Católicos forma parte del conjunto del Obradoiro, integrado en el área declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Este reconocimiento no es decorativo: implica obligaciones claras de conservación, respeto y coherencia en las intervenciones.
El criterio contemporáneo en restauración patrimonial es inequívoco: mínima intervención, reversibilidad y respeto por la autenticidad. Introducir elementos visibles, ajenos al lenguaje original del edificio y sin una integración formal adecuada, choca frontalmente con estos principios. Más aún cuando existen soluciones técnicas discretas que no alteran la percepción del conjunto.
La cuestión se agrava por un hecho clave: el edificio es propiedad pública. Paradores es una empresa estatal, y por tanto el Estado es responsable último de esta actuación. No se trata solo de una decisión técnica, sino de una cuestión de gestión del patrimonio común. Cuando la administración interviene, el listón de exigencia debe ser máximo.
Aunque el inmueble es de titularidad estatal —gestionado por Paradores— y la intervención compete directamente a las administraciones central y autonómica en materia de patrimonio, el Concello de Santiago de Compostela —con competencias en urbanismo, paisaje urbano y protección del entorno histórico— tampoco debería permanecer ajeno a actuaciones que impactan visualmente en el Obradoiro. Porque el patrimonio no entiende de compartimentos administrativos cuando el daño —o la falta de criterio— es visible para todos.
La comparación con la reciente restauración de la fachada de la Catedral de Santiago de Compostela es inevitable. Allí se apostó por el rigor, la investigación y el respeto escrupuloso. Aquí, en cambio, la solución parece apresurada, poco sensible y visualmente discordante.
No se trata de negar la necesidad de canalizar el agua ni de proteger la fábrica histórica. Se trata de hacerlo bien. De entender que el patrimonio no es solo materia, sino también percepción, identidad y legado.
Quizá alguien en Patrimonio tenga una explicación técnica. Sería deseable escucharla. Pero mientras tanto, la imagen permanece: en pleno Obradoiro, las gárgolas han dejado de hablar el lenguaje de la historia para adoptar el gesto, casi caricaturesco, de un camaleón metálico.
Y eso, en un lugar como este, no debería pasar desapercibido.


