Álvaro Filgueira. Suite Información.- Hay errores que se corrigen con un bolígrafo rojo y otros que, por más pequeños que parezcan, terminan revelando verdades de mayor calado. El de la señal del cementerio de Corrubedo pertenece a la segunda categoría. Un simple “olvido” —una conjunción ausente— ha convertido una norma de tráfico en una pieza de humor negro involuntario: solo pueden pasar los “residentes”. Es decir, los muertos.
La escena sería digna de Valle-Inclán si no fuera tan cotidiana. Una señal colocada para ordenar el caos estival acaba certificando, sin querer, que los vivos estorban incluso cuando van a visitar a los que ya no protestan. Porque el problema de fondo no es la letra que falta, sino la lógica que sobra: regular a golpe de parche, sancionar primero y explicar después, y confiar en que nadie lea demasiado.
Lo más interesante no es el error ortográfico, sino su éxito. La señal se hace viral porque encaja a la perfección con ese ADN gallego que mezcla retranca, ironía y una relación muy poco solemne con la muerte. Aquí la Santa Compaña no asusta: organiza el tráfico. Y los difuntos, al parecer, tienen más derechos de circulación que los veraneantes despistados.
Pero conviene ir un paso más allá de la carcajada. La anécdota revela una administración que actúa cansada, una policía que se harta de retirar multas mal puestas y una solución rápida que nadie revisa. No es dejadez; es rutina. Y la rutina, cuando no se revisa, acaba escribiendo cosas que nadie quiere decir… pero que quedan dichas.
El episodio también deja una lección incómoda: vivimos tan deprisa que ya no leemos ni las señales. Ni quienes las ponen ni quienes las obedecen. Solo cuando el absurdo es demasiado evidente —cuando hace falta estar muerto para pasar— levantamos la vista y nos reímos.
Al final, el error ha “resucitado” a los muertos de Corrubedo, sí, pero también ha retratado a los vivos. Porque los difuntos no protestan, no recurren multas y no suben vídeos a TikTok. Los errores de los vivos, en cambio, circulan rápido. Y cuando se hacen virales, ya no hay señal que los pare.


