Manuel Recio Abad. Suite Información.– Durante unas horas, España dejó de discutir consigo misma.
La Selección no solo conquistó una victoria deportiva. Consiguió algo infinitamente más difícil en los tiempos que vivimos: que millones de españoles, tan diferentes entre sí, celebraran al unísono.
Las calles se llenaron de banderas, abrazos, cánticos y sonrisas. La alegría individual se transformó en una emoción colectiva de una intensidad extraordinaria. Durante unas horas desaparecieron las etiquetas. Nadie preguntaba al que tenía al lado a quién votaba, cuál era su ideología, de qué comunidad autónoma procedía o cómo entendía España. Solo importaba una cosa: la Selección había ganado y aquella victoria pertenecía a todos.
Quizás por eso el fútbol despierta pasiones que ningún otro acontecimiento consigue provocar. Porque, de vez en cuando, nos recuerda que seguimos siendo capaces de caminar juntos cuando existe un objetivo común. Que, por encima de nuestras diferencias, compartimos una historia, una cultura, unos símbolos y un sentimiento de pertenencia que aflora cuando la ocasión lo merece.
Durante demasiados años algunos han insistido en levantar muros entre españoles. Muros ideológicos. Muros territoriales. Muros emocionales. Muros construidos sobre el enfrentamiento permanente, la desconfianza y la división.
Sin embargo, bastaron ciento veinte minutos para demostrar que esos muros no eran tan sólidos como parecían.
La Selección los derribó sin pronunciar un solo discurso. Sin consignas. Sin campañas. Sin confrontación. Lo hizo de la forma más sencilla y más poderosa: jugando al fútbol y regalando una alegría compartida a millones de personas.
Pero la final dejó también otra imagen que merece ser destacada.
El deporte no solo pone a prueba la calidad técnica de los jugadores; también pone a prueba su carácter. Ganar exige talento. Perder exige grandeza.
En distintos momentos del encuentro pudieron verse protestas reiteradas, acciones de excesiva dureza y episodios de tensión que deslucieron el espectáculo. La frustración por la derrota nunca puede convertirse en una excusa para olvidar que el rival merece el mismo respeto cuando gana que cuando pierde.
La verdadera dimensión de un campeón no se mide únicamente por los títulos que levanta, sino por la elegancia con la que acepta la derrota. Porque la deportividad empieza precisamente donde termina el resultado.
Frente a esa tensión sobre el césped, las calles españolas ofrecían una imagen completamente distinta. Familias enteras celebrando juntas. Niños, jóvenes y mayores abrazándose. Millones de españoles compartiendo una misma emoción sin importar su condición social, sus ideas o su lugar de origen.
Ese fue el verdadero triunfo de la noche. España volvió a reconocerse a sí misma.
Durante unas horas desaparecieron las trincheras políticas, los enfrentamientos estériles y los discursos que pretenden convencernos de que vivimos irremediablemente divididos. La realidad fue mucho más sencilla: cuando existe una razón ilusionante, los españoles saben unirse como pocos pueblos en el mundo.
Quizá esa sea la mayor lección que debería extraerse de esta victoria.
Los dirigentes políticos harían bien en observar lo ocurrido. Un país progresa cuando suma, no cuando enfrenta; cuando busca aquello que une, no aquello que separa; cuando construye puentes, no cuando levanta muros.
Anoche la Selección conquistó un campeonato, pero consiguió algo todavía más valioso.
Recordó a millones de españoles que seguimos teniendo mucho más en común de lo que algunos pretenden hacernos creer.
Eso en los tiempos que corren, vale casi tanto como levantar un trofeo, porque anoche no solo ganó la Selección.
Durante unas horas, también ganó España.


