Manuel Recio Abad. Suite Información.- Hay personas que convierten la conducción en un acto de responsabilidad. Respetan las normas, mantienen la distancia de seguridad, ceden el paso cuando corresponde y comprenden que un vehículo no es un juguete, sino una máquina capaz de causar un enorme daño si se utiliza con imprudencia.
Y luego están los otros…. los IDIOTAS .
No es un insulto gratuito. Es la definición más exacta que encuentro para quienes, cada día, transforman nuestras carreteras en un escenario de riesgo permanente.
Todos los conocemos. Circulan como si el asfalto fuera de su propiedad. Las señales de tráfico les parecen simples sugerencias dirigidas a los demás. Los límites de velocidad están para quien quiera cumplirlos, nunca para ellos. La prudencia les parece una muestra de debilidad y la paciencia una virtud reservada a los mediocres. Se sienten sencillamente invencibles. Y es que son sólo eso ….idiotas.
Los reconoces enseguida. Da igual el vehículo que conduzcan, grande o pequeño, nacional o de importación. Cuidado porque al volante va …un idiota.
Vas adelantando correctamente a otro vehículo por el carril izquierdo, circulando a la velocidad permitida, y de pronto aparece uno de ellos. En pocos segundos lo tienes pegado al paragolpes, a escasos centímetros, como si quisiera empujarte fuera de la carretera. Te presiona con las luces, gesticula, protesta, exige que desaparezcas de su camino.
No le importa que delante tengas otro vehículo. No le importa que tú también estés adelantando. No le importa que circules conforme a la ley. Solo le importa él y esa es precisamente la esencia del problema.
La carretera exige convivencia. Ellos practican el egoísmo. La carretera exige también grandes dosis de respeto. Ellos sólo saben imponer intimidación. La carretera exige responsabilidad y ellos sólo pueden ofrecer soberbia.
Lo verdaderamente preocupante es que muchos de estos conductores están convencidos de que lo hacen mejor que nadie. Confunden la temeridad con la habilidad. Creen que los accidentes siempre les ocurren a otros. Hasta que un día el idiota descubre que también es de carne y hueso, como los demás.
Entonces aparecen las ambulancias, los bomberos, la Guardia Civil, los traumatologos y… los hospitales.
Familias enteras descubren que una vida puede romperse en apenas unos segundos por culpa de alguien que creyó que llegar cinco minutos antes justificaba poner en peligro a todos los demás.
No existe ninguna reunión tan importante como para jugar con la vida ajena. No existe ningún negocio tan urgente y ninguna cita es tan imprescindible. No existe ningún motivo que justifique convertir una autopista en un circuito.
Echo de menos una mayor presencia de la Guardia Civil de Tráfico. Más controles de alcoholemia y drogas.
Durante décadas, muchos conductores levantaban el pie del acelerador no solo por miedo a una sanción, sino porque sabían que alguien velaba por la seguridad de todos. La vigilancia tiene un efecto preventivo incuestionable. Recordar que las normas se cumplen también salva vidas.
La inmensa mayoría de los conductores españoles actúa con responsabilidad. Son hombres y mujeres que entienden que conducir no consiste en demostrar quién llega antes, sino en conseguir que todos lleguemos.
Pero basta una minoría de imprudentes, de idiotas, para sembrar el miedo en miles de kilómetros de carretera.
Cada fin de semana vemos las mismas imágenes. Vehículos destrozados. Sirenas. Helicópteros. Carreteras cortadas. Familias esperando una llamada que nunca quisieron recibir. Después hablamos de estadísticas, pero yo prefiero hablar de personas.
Porque detrás de cada cifra hay un nombre, una madre, un padre, un hijo, un amigo. Hay una silla vacía en una mesa. Una camilla en el hospital de parapléjicos de Toledo. Hay una familia que jamás volverá a ser la misma. Y muchas de esas tragedias tienen un origen tan simple como intolerable: un idiota al volante.
No, la carretera no es tuya. Es de todos.
Y mientras algunos sigáis creyendo que las normas están hechas para los demás, seguiréis siendo un peligro público. No confundamos velocidad con inteligencia, ni agresividad con habilidad y menos chulería con valentía.
El mejor conductor no es el que llega antes.
Es el que consigue que todos lleguemos. Nota aclaratoria: Según la R.A.E. la palabra idiota significa principalmente tonto o corto de entendimiento, engreído sin fundamento.


