Jerónimo Rosales. Suite Información.– Hay películas que uno contempla y otras en las que, sin advertirlo, termina viviendo durante un par de horas. La nueva adaptación de Sentido y sensibilidad, de Jane Austen, dirigida por Georgia Oakley, pertenece a esta segunda categoría. Y me atrevería a decir que es, personalmente, la mejor adaptación que he visto de esta inmortal obra.
La fotografía es excepcional. Cada plano de los paisajes de la Inglaterra rural parece un homenaje a John Constable. Los cielos, las praderas, los árboles y la luz tienen esa belleza serena que uno reconoce en los grandes paisajistas ingleses. Y cuando la cámara entra en los salones, los personajes parecen haber abandonado momentáneamente los retratos de Joshua Reynolds o Thomas Gainsborough para conversar entre ellos.
Pero lo extraordinario es que nada parece un cuadro.
La película fluye con una naturalidad que produce la extraña sensación de haber viajado en el tiempo. No hay artificio, ni exhibición de virtuosismo, ni ese empeño de algunos directores por recordarnos a cada instante que estamos contemplando una obra de arte.
No hay exhibición de talento. Es puro talento.
Georgia Oakley, una directora todavía joven, conocida por Blue Jean, da una verdadera lección de cine. Si existe algo que podamos reconocer como una sensibilidad específicamente femenina en la dirección cinematográfica — cuestión sobre la que no me atrevería a establecer ninguna teoría definitiva —, Oakley consigue que uno se formule la pregunta.
Su sello está en cada plano, en cada escena, en cada diálogo y, especialmente, en aquello que los personajes callan.
Porque esta película tiene algo que empieza a resultar extraordinariamente raro: pudor. Y no me refiero a la mojigatería ni a la represión de los sentimientos, sino precisamente a lo contrario: a esa forma de sensibilidad que permite expresar una pasión sin necesidad de exhibirla, que comprende que una mirada puede contener más deseo que un desnudo y que el silencio, cuando está bien construido, puede resultar mucho más elocuente que cualquier declaración de amor.
Ver Sentido y sensibilidad es darse un baño de belleza.
Y mientras disfrutaba de la película reparé en algo que me pareció especialmente interesante: estamos ante una historia de elección.
Las mujeres eligen y los hombres son elegidos.
No son mujeres casaderas dispuestas a aceptar al primer candidato que pueda proporcionarles una posición económica respetable. Son mujeres que aman, que se equivocan, que sufren y que defienden sus elecciones con una pasión que desmiente esa imagen de sumisión sentimental que a veces proyectamos sobre el pasado.
Naturalmente, Austen no ignora las limitaciones económicas y sociales que condicionaban la vida de aquellas mujeres. Precisamente por eso sus decisiones adquieren una dimensión mayor. El amor no se presenta como una simple inclinación romántica, sino como una elección que puede enfrentarlas a sus propias circunstancias.
Elinor y Marianne representan dos maneras diferentes de vivir esa libertad. Una contiene sus sentimientos; la otra parece incapaz de vivir sin expresarlos. Pero ambas poseen algo que las distingue: la voluntad de no entregar su vida a quien no han elegido.
Y aquí, permítanme una pequeña irreverencia, no pude evitar ver en esas mujeres del siglo XIX como unas electoras del siglo XXI. Porque, bien mirado, la política tiene bastante de cortejo amoroso. Los candidatos se presentan con sus mejores galas, prometen fidelidad eterna, procuran ocultar sus defectos y esperan que la electora se enamore de ellos antes de descubrir cómo son realmente. Después vienen las decepciones, los reproches y, en ocasiones, la desagradable sorpresa de comprobar que el pretendiente tenía otros
compromisos.
Willoughby, ese joven seductor, frívolo y de moral bastante acomodaticia, que consigue enamorar perdidamente a Marianne antes de demostrar que su principal compromiso sentimental es consigo mismo. Sin embargo, la hermana mediana está tan fascinada por él que está dispuesta a perdonar sus contradicciones, sus promesas incumplidas y hasta sus desplantes, con esa extraordinaria indulgencia que solamente se concede a quien se ha decidido amar irracionalmente.
Frente a él aparece el coronel Brandon, un hombre serio, reservado, frío en apariencia, poco dado a las exhibiciones sentimentales y cuya principal dificultad consiste en que sus virtudes no resultan demasiado espectaculares para una mujer que pide que le hablen al corazón y no a la cabeza. Porque la seducción comienza cuando el otro deja de vernos solamente como somos y empieza a completarnos con su deseo.
Y, por último, tenemos al señor Palmer, ese caballero que parece haber encontrado en el periódico un refugio extraordinariamente eficaz contra el ruido de un mundo que se le hace incomprensible.
Palmer observa la realidad a través de las páginas que tiene delante, como si la letra impresa pudiera protegerlo de las complicaciones de las relaciones humanas. Y uno acaba preguntándose si no les ocurre algo parecido a ciertos políticos que confían demasiado en la razón y demasiado poco en las pasiones humanas. Porque quizá la inteligencia sea una maldición cuando uno se dedica a la política, donde no basta con tener razón: hay que comprender por qué los demás prefieren equivocarse.
Esta digresión demuestra, que la obra de Jane Austen es inmortal, porque precisamente sus personajes, dos siglos después, siguen permitiéndonos identificar a través de los ojos de la mujer arquetipos masculinos. Cambian los vestidos, los salones, los carruajes y las formas de cortejar, pero las virtudes que conforman a cada hombre son perfectamente reconocibles.
Y eso es también lo que hace extraordinaria la adaptación de Georgia Oakley. No ha necesitado modernizar artificialmente a Austen para demostrar su actualidad. Le ha bastado con comprenderla.
La seducción no siempre es amor, la discreción no debe confundirse con la falta de pasión y, a veces, las virtudes más importantes de una persona son precisamente aquellas que menos se esfuerza en exhibir.
Quizá por eso esta película me ha parecido imprescindible. Porque Georgia Oakley ha conseguido hacer con el cine lo mismo que Jane Austen hizo con la literatura: mostrarnos las pasiones humanas sin necesidad de gritar.
Y recordarnos que la verdadera elegancia consiste en no tener que demostrarla.


