Manuel Recio Abad. Suite Información.- Hay partidos que se juegan mucho antes de que el árbitro haga sonar su silbato. La final de un Mundial es uno de ellos. Durante semanas, entrenadores, analistas y aficionados estudian al rival buscando cuál pueda ser la fórmula mágica para derrotarlo. Sin embargo, cuando Argentina está sobre el terreno de juego, casi todas las pizarras empiezan escribiendo el mismo nombre: Messi.
No hay defensa que no se haya hecho la misma pregunta: ¿cómo se marca a un jugador que parece ver el fútbol unos segundos antes que los demás?.
La respuesta nunca ha sido sencilla. Algunos optan por un marcaje individual. Otros prefieren cerrar espacios para impedir que reciba el balón, obligarlo a jugar lejos del área, misión imposible,o hacer que cada toque suyo tenga un coste físico. Lo que nadie aconseja es dejarlo jugar a sus anchas. Porque cuando Messi piensa con libertad, el partido deja de depender de los sistemas tácticos y empieza a depender de su talento. Y cuando eso ocurre, cualquier defensa está condenada a sufrir.
En el fútbol hay una máxima que rara vez falla: a los grandes jugadores no se les puede conceder un solo respiro ni un metro de ventaja.
No es una cuestión de miedo; es cuestión de inteligencia.
Los grandes entrenadores no preparan el partido pensando únicamente en cómo marcar un gol. Lo preparan pensando, sobre todo, en cómo evitar que el mejor del rival te marque dos.
Esa enseñanza trasciende el deporte.
La política también tiene sus estrellas. No porque sean mejores que los demás, sino porque conocen perfectamente el terreno de juego. Saben cuándo acelerar, cuándo esperar, cuándo cambiar el discurso y cuándo aprovechar las dudas del adversario. En política, como en el fútbol, quien encuentra espacios acaba dominando el encuentro.
Las democracias modernas se sostienen sobre un principio muy simple : todo poder necesita control. Ese control corresponde a la oposición, a los medios de comunicación, a las instituciones independientes y, en última instancia, a los ciudadanos. No se trata de impedir gobernar, sino que cualquiera lo haga sin contrapeso.
Cuando ese control se debilita, el terreno queda despejado y un buen jugador político hace exactamente lo mismo que un gran delantero: aprovecha el espacio.
Cada lector tendrá su propia opinión sobre Pedro Sánchez. Sus partidarios destacarán su capacidad de resistencia y su habilidad para superar situaciones que parecían insalvables. Sus detractores, entre los que me hallo, pensamos justamente lo contrario. Pero existe un hecho difícil de discutir. Sánchez ha demostrado una extraordinaria capacidad para detectar los huecos que dejan sus adversarios y ocuparlos con rapidez.
En términos futbolísticos, demasiadas veces ha recibido el balón sin apenas oposición.
Cuando un jugador de esta catadura recibe cómodo, levanta la cabeza, piensa y ejecuta… el balón suele acabar dentro de la portería.
Quizá el verdadero debate no sea Messi. Ni siquiera Pedro Sánchez.
Quizá la pregunta sea otra.
¿Por qué, sabiendo todos dónde está el peligro, seguimos dejando libre al jugador que decide los partidos? .
Porque los campeonatos no siempre los gana quien tiene el mejor delantero. Con frecuencia los gana quien mejor sabe marcar al del equipo contrario. Sobre eso hay pocas dudas.
Esta, dentro y fuera del fútbol, seguirá siendo siempre una de las lecciones más importantes que pueden aprenderse.


