Manuel Recio Abad. Suite Información.– La aparente estabilidad del comportamiento electoral en España en las últimas décadas ha generado un diagnóstico recurrente en el debate público: la idea de una ciudadanía “mansa”, poco tendente a castigar a sus malos gobernantes incluso en situaciones, como la actual, de elevado desinterés e insatisfacción por la política de forma generalizada.
Sin embargo, esta interpretación crítica, aunque puede resultar atractiva, requiere ser analizada a la luz de pruebas verificables y de análisis serio desde la ciencia política.
Con la consolidación democrática tras la Transición española, el sistema español de partidos ha estado dominado por dos grandes formaciones: el Partido Socialista Obrero Español y el Partido Popular. Aunque el ciclo político abierto tras la crisis económica de 2008 introdujo elementos de modificación con la irrupción de nuevas fuerzas y el debilitamiento del bipartidismo clásico, diversos estudios muestran que, estos partidos siguen concentrando una proporción excesiva del voto.
Según datos del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), la desconfianza hacia la clase política se ha mantenido de forma inalterable entre las principales preocupaciones ciudadanas durante más de una década. La ciudadanía desconfía de la clase política española en general y no hace distingos.
Paralelamente, indicadores como la “satisfacción con la democracia” muestra niveles moderados o más bien bajos en diferentes momentos del periodo que actualmente sufrimos.
Esta coexistencia de desafección declarada y continuidad electoral plantea una paradoja que ha sido ampliamente estudiada. Una de las claves interpretativas se encuentra en el concepto de “voto retrospectivo”, teoría de Carly Fiorina,ex CEO de Hewlett-Packard, según el cual los ciudadanos evalúan a los gobiernos en función del mayor o menor éxito de su acción.
No obstante, cuando las alternativas al poder son consideradas poco creíbles o igualmente insatisfactorias, este mecanismo pierde capacidad de producir una alternancia significativa.
En este contexto, el electorado puede optar por lo que algunos autores denominan “voto de minimización de riesgos”, es decir, elegir la opción conocida frente a la incertidumbre asociada a nuevas fuerzas políticas. Aplican aquel manido y absurdo refrán de “más vale malo conocido que bueno por conocer”, algo que viene de muy atrás con raíces antiguas, pues se encuentra en obras como La Celestina, que Fernando de Rojas escribiera en 1499 y también lo refiere Otelo en la obra de Shakespeare. Nada nuevo bajo el sol.
Asimismo, la literatura sobre cultura política, por ejemplo de Gabriel Almond y Sidney Verba, reconocidos politólogos, sugiere que las actitudes hacia la autoridad, la estabilidad y el conflicto influyen en el comportamiento ciudadano. En el caso español, la experiencia histórica del siglo XX,marcada por episodios de alta confrontación y ruptura institucional, ha sido señalada como un factor que favorece una cierta aversión al cambio abrupto. Este legado se habría institucionalizado durante la Transición, donde el consenso y la moderación se configuraron como valores normativos esenciales para el cambio de régimen y la convivencia pacífica.
Por otro lado, el sistema electoral español, basado en circunscripciones provinciales y en el método de la Ley D’Hondt, tiende a favorecer a las formaciones mayoritarias, especialmente en distritos de menor tamaño. Este diseño introduce incentivos estratégicos para el votante, que puede percibir como menos útil y efectivo el apoyo a partidos minoritarios, reforzando así la concentración del voto.
Sin embargo, calificar este fenómeno como “mansedumbre” puede resultar analíticamente impreciso. Algún periodista no duda en calificar al español como “percebe de sofá” por la nula movilización generada ante lo que se está viviendo en directo relacionado con la corrupción del actual gobierno.
La ciudadanía española ha protagonizado en las últimas décadas episodios significativos de movilización social, como fue el movimiento 15-M o diversas, aunque escasas, protestas sectoriales. Más que una apatía generalizada, lo que se observa hoy es una disociación entre la expresión de descontento en el ámbito social y su traducción en cambios estructurales en el sistema de partidos. En este sentido, algunos autores apuntan a la existencia de un cinismo político funcional, es decir, una actitud crítica hacia las instituciones que, paradójicamente, no se traduce en comportamientos de cambio brusco, sino en una adaptación pragmática a las opciones disponibles.
Este fenómeno no es exclusivo de España, se dan en otros países de la UE, pero aquí adquiere rasgos específicos en su contexto institucional e histórico.
En definitiva, la persistencia continuada del apoyo a los dos grandes partidos en un contexto de aversión manifiesta, no puede explicarse únicamente en términos de pasividad o conformismo. Responde a una combinación de factores estructurales, como es el sistema electoral, culturales relativos a los valores políticos de los españoles y estratégicos, que hacen referencia a cómo se perciben las alternativas a PP y PSOE.
Más que un pueblo manso, España muestra un electorado excesivamente condicionado por una información manipulada, restricciones a la verdad e incentivos engañosos que limitan el alcance del cambio político. La cuestión relevante no es tanto por qué los ciudadanos no castigan más severamente a sus gobernantes, sino bajo qué ideales condiciones institucionales y culturales ese castigo podría traducirse en transformaciones efectivas del sistema político.


